La Historia Oficial

21 09 2016

Es increíble pensar que “La historia oficial” de Luis Puenzo fue estrenada sólo dos años después del retorno a la democracia en Argentina. El cine de ficción en Chile demoraría al menos 14 años desde el fin de la dictadura para representar de manera tan emotiva y efectiva en términos de crítica y audiencia este hecho con “Machuca” (2004) de Andrés Wood. Sin desmerecer los intentos de cineastas como Helvio Soto o Raúl Ruiz, desde el exilio creando películas sobre el tema aún con Pinochet al mando; así como también los de Pablo Perelman, Ricardo Larraín o Miguel Littin ya en democracia, de esto se habría encargado mayormente el cine documental, en especial la obra de Patricio Guzmán.

En el país trasandino la realidad era otra, la producción de películas de ficción sobre el trauma reciente fue constante y muchas veces apoyada por el entonces Instituto Nacional del Cine (INC), podemos mencionar por ejemplo “Cuarteles de invierno” (1984) de Lautaro Murúa, “Los días de Junio” (1985) de Alberto Fischerman, “El exilio de Gardel: Tangos” (1985) de Fernando Solanas, “La noche de los lápices” de Héctor Olivera o “Sentimientos… Mirta de Liniers a Estambul” (1987) de Jorge Coscia y Guillermo Saura. “La historia oficial” además de ser el primer filme argentino en ganar un premio Oscar a Mejor película extranjera, llevaría alrededor de 2 millones de personas a las salas en su propio país. Esto hablaría entonces de una actitud activa y atenta de los argentinos frente a su propia historia y sus procesos políticos que los define con una personalidad que por lo menos contrasta con la de un Chile que aún muchos años después de superada la dictadura parecía temeroso o adormecido por las supuestas maravillas que traía un nuevo sistema económico que reconfiguró el entramado social y la articulación política del país.

La película intenta hacernos reflexionar sobre la importancia de enfrentar a la Historia, a través de una protagonista que en un comienzo no es consciente de los hechos que la afectan personalmente y que están ligados a acontecimientos que afligen a toda su nación. Alicia (Norma Aleandro) es una profesora de historia que va descubriendo una verdad incómoda y poco a poco debe decidir si hacerse cargo o no de ella, si ser un testigo pasivo o una protagonista en el proceso de reconocimiento y reparación de los daños causados.

 

Para eso es importante la figura de los hijos. Alicia se ve en la necesidad de redimir la culpa que va sintiendo en la medida que se da cuenta de la realidad que la perturba y también por el miedo a enfrentar a esos hijos en el futuro, en un momento en el cual podría ser muy tarde para recibir perdón o comprensión de parte de ellos o en un tiempo en el cual el daño causado ya no pueda ser reparado. Estos hijos están representados en su pequeña adoptada, Gaby (Analia Castro) o en los alumnos que atiende en su trabajo a quienes trata de inculcarles una disciplina que a ratos parece autoritaria, militar.

Los personajes y espacios que se desarrollan dan cuenta de los diferentes actores que participan en el conflicto social e histórico relatado, se muestra el enfrentamiento por el poder entre castas formadas por militares, clérigos y políticos pero también por pobladoras, inmigrantes y estudiantes. Puenzo no tiene miedo a confrontar a estos personajes y denunciar las realidades diferentes que viven por ejemplo un trabajador humilde o un burgués acomodado ya sea luchando por hacer justicia o escondiendo los hechos en una Argentina aún herida.

El filme de Puenzo no sólo se preocupa por la Historia, con mayúscula, sino que también relata una historia de manera magistral, exceptuando ciertos diálogos que parecen demasiado forzados por parecer discursos panfletarios construidos a partir de frases que rozan el lugar común o la cita textual (sobre todo en los diálogos de los estudiantes de Alicia); el guión construido por el mismo director en conjunto con la experimentada Aída Bortnik fluye de manera correcta y maneja certeramente una progresión dramática que nos lleva a un clímax intenso potenciado por las excelentes interpretaciones de Norma Aleandro y Héctor Alterio, esto hace exitoso el propósito del filme: conmover al público. Conmover para movilizar, porque el cine más interesante suele ser aquel que provoca para llevar a la acción y creemos que “La historia oficial” cumple eso con creces.

 

Felipe Garrido G.

Equipo Cine Club Universidad de Chile.

 

 






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