“La flaca Alejandra”: la mujer como vehículo político.

13 07 2016

“La flaca Alejandra”: la mujer como vehículo político.

“La flaca Alejandra” (1994), es el primer documental de larga duración de Carmen Castillo, si bien la directora había dirigido trabajos para televisión esta es la primera de sus obras que llegarían a festivales de cine tan reconocidos como Cannes, un ejemplo es el caso de “Calle Santa Fe” (2007), una especie de continuación y desarrollo de una de las líneas narrativas de su ópera prima en la cual la directora regresa a la casa en la cual fue gravemente herida debido a la explosión de una granada durante un allanamiento al lugar donde vivía con su entonces pareja y dirigente del MIR Miguel Enríquez, éste último asesinado en el enfrentamiento con la policía secreta y agentes militares de la dictadura.

La película se centra en Marcia Merino, “la flaca Alejandra”, dirigente del MIR quien en 1974 es secuestrada y torturada hasta el punto de ceder ante las vejaciones y comenzar a colaborar con la DINA, manteniéndose en esta situación hasta 1992, cuando logra zafarse de la presión que ejercen sus captores, decidiendo así denunciar a importantes torturadores y asesinos de la dictadura de Pinochet. La información que Marcia entrega a la DINA es clave para lograr la captura de Enríquez y Castillo, así como la de tantos otros militantes de izquierda secuestrados, torturados, asesinados y desaparecidos.

La película en su aspecto formal se desarrolla en límites bastante tradicionales para un documental de recuperación de memoria, utilizando material de archivo, entrevistas a los involucrados directos y dejando en claro el punto de vista a través de la voz en off de Castillo quien además se involucra como un personaje protagónico debido a su participación en los hechos narrados. También podemos decir que este trabajo se enmarca en una tendencia del documental chileno de la transición en los cuales ya no se buscaba denunciar con urgencia como en los ’80 sino que más bien encontrar verdad, justicia y reconciliación.

Lo que hace que “La flaca Alejandra” tenga un valor tremendo y que pueda ser catalogado como uno de los trabajos cinematográficos más notables de la década en Chile es que fue uno de los primeros documentales en contar con testimonios de ex colaboradores activos de la dictadura de Pinochet como Osvaldo “guatón” Romo o la misma Marcia Merino. Pero además es un documental que se enfoca en la mujer y su rol político en la dictadura. Es un documental en donde vemos a la mujer siendo vehículo de los procesos históricos desde sus más diversas aristas, la mujer como traidora y cómplice, como heroína y reivindicadora de la justicia, como mártir, como compañera y madre y también la mujer reconociéndose con sus congéneres: es notable una de las secuencias en la cual Merino se emociona y enfrenta a otra mujer que la increpa por seguir “hablando siempre de las mismas webadas”, en su respuesta las palabras fluyen en un tiempo que pareciera haberse detenido, a través de su voz se reviven el horror, la muerte, las contradicciones y la enfermedad del miedo que muchas veces se vivía en la oscuridad de un pequeño cuarto de torturas en una casa como cualquier otra; en este momento se revelan dolorosamente las heridas de un Chile gobernado por la Concertación, que se transforma constantemente, de manera acelerada y que no es tan consciente de su trauma reciente, de las consecuencias que tendrán esas “mismas webadas” durante años, décadas y siglos.

Felipe Garrido G.

Equipo Cine Club Universidad de Chile

 

Abuso de poder y dominación.

Cuando la imagen se presta a una voz, a un relato, nos queda, como espectadores, escuchar atentos lo que se está tratando de decir. Pues eso es lo que captamos en este documental, el intento por decir, por pronunciar, por articular algo de lo que siempre habrá huella. Una huella que no es sólo la del suceso o el recuerdo, sino también la del cuerpo torturado, vejado, e incluso, asesinado.

Cómo dice Carmen Castillo en la última frase, “La verdad del pasado tendrá que ser dicha, una y otra vez para que los espectros del pasado dejen de asechar la democracia, para que la vida vuelva a fluir”

Es un intento doble, por una parte, la reconstrucción a partir del cuerpo que queda luego de la tortura y por otra, la búsqueda de una verdad que al ser dicha libera. Son en uno y otro caso, los efectos de la palabra que intentan tocar, y en lo posible transformar, eso de lo que sólo ella, la palabra, puede intentar manipular. Un intento que hace de la palabra algo más que instrumento de comunicación.

¿Cómo expresamos algo de lo que el poder desnudo, sin trabas ni represiones, como violencia calculada, hace en los cuerpos? ¿cómo se puede, en la imagen y la palabra de Carmen, Marcia, Miriam, Gladis, decir algo de la dominación que el “capitán Miguel” ejerció? ¿acaso podemos recibir algo más allá del relato en el relato?

Ese testimonio que una y otra vez intenta ir más allá de ese límite, que mira más allá, a lo insondable, rebusca y nos trae, desde el mismo trauma, algo que hace queme pregunte ¿qué nos llega?, ¿qué recibimos de ese relato? Cómo recibimos, en nuestro ser sexuado el relato de estas mujeres.

El espesor del relato al que difícilmente podemos escapar al escucharlas, es por donde nos es transmitido algo del poder y la dominación, es la palabra, en este sentido, el transporte de lo insondable, innombrable y de que lo que espero que podamos aquí, con ustedes, articular algo de ello.

Marcelo Figueroa Núñez

Revista Zétesis, Filosofía y Humanidades

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