Vértigo: El lenguaje cinematográfico como soporte de un juego psicológico

17 05 2016

Interesante resulta el análisis de los elementos cinematográficos que componen Vértigo (1958), pues con ellos Hitchcock forja un tipo de espectador que no sólo consume pasivamente la obra que él produce, sino que además sin querer se encuentra involucrado en ella, y es más, en este caso, al menos en gran parte de la obra, la mirada del espectador se asimila a la propia mirada del protagonista; uno ve como él ve, uno ve desde él. De hecho, que el cineasta británico nos ofrezca en los primeros minutos de la película un rostro femenino poniendo especial énfasis en sus ojos y la expresiva reacción de ellos, no es casualidad, sino más bien un indicio de su intención.

Asimismo, en la primera escena en la que aparece Madeleine (Restaurant Ernie’s), sin usar los diálogos como recurso, parece quedar claro qué tipo de mujer es Madeleine y qué tipo de hombre es Ferguson sólo con la gestualidad, expresión corporal de ambos y, sobre todo, con un encuadre que simbólicamente nos muestra un perfil perfecto de Madeleine, esto es, un canon de perfil entendido como técnica pictórica (como, por ejemplo, el que fue fuertemente utilizado en el arte del antiguo Egipto y que se regía por la idea de que el rostro muestra mejor sus rasgos más característicos y reveladores de perfil que de frente). Ferguson, por su parte, se presenta inmediatamente como alguien que se limita a contemplar a esta mujer de la manera más discreta posible, y desde este momento se instala para él la incertidumbre sobre quién es ella y qué hace, incertidumbre que va más allá del trabajo que le encargó su ex-compañero Gavin, y que levemente bordea el voyerismo que se acentuará posteriormente. Una atenta lectura de esta escena revela incluso que desde aquí en adelante Ferguson está condenado a enamorarse de Madeleine.

 

Todos los detalles técnicos anteriormente señalados -que podrían parecer insignificantes, pero que en absoluto lo son- sustentan además lo que el argumento mismo de la película nos dice de los personajes. Ferguson es un policía retirado, que padece de acrofobia y vértigo producto de un traumático accidente, soltero y ya un poco viejo. Madeleine, por otro lado, es una mujer misteriosa, elegante, joven, un tanto solitaria, mentalmente vulnerable y fuertemente atormentada por el fantasma de su difunta bisabuela. Tiene arranques de locura en los que pierde completamente el control sobre lo que dice y hace, y más aun, todo parece indicar que lo que dice y hace irremediablemente la conducirá a su propio suicidio. Es así como este personaje femenino se constituye en base a una dualidad: por una parte es una mujer de carne y huesos, cuya indefensión es prueba de su faceta humana y que a raíz de su desprotección genera una cierta relación de dependencia con Ferguson, pero por otro lado sigue siendo la mujer perfecta en la mente del protagonista; todavía un poco misteriosa, todavía bastante interesante, todavía abstracta. Esta confusa dualidad es lo que a fin de cuentas la sitúa en un plano muy concreto y a la vez inalcanzable.

Tomando en cuenta aquello, es posible ofrecer una lectura de la película que dé cuenta no sólo de dos dimensiones del personaje que es Madeleine, sino que también hablar de dos tipos de pérdida: una de ellas tiene que ver con lo perecedero de un cuerpo físico y la otra hace alusión a la muerte de un ideal, y en ese sentido vale la pena cuestionarse qué es lo difícil de superar a la hora de vivir una pérdida tal; si nos negamos a renunciar a lo que alguien es, o a lo que ese alguien representa en nuestras propias mentes.

 

 

Valentina Ávila D.

Equipo Cine Club 2016.

 

 

 

 

 

 

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