Humor, azar y vida en El Circo

1 04 2016

“Hay que tener fe en uno mismo. Ahí reside el secreto. Aun cuando estaba en el orfanato y recorría las calles buscando qué comer para vivir, incluso entonces, me consideraba el actor más grande del mundo. Sin la absoluta confianza en sí mismo, uno está destinado al fracaso.”

 Charles Chaplin.

 

Si pensamos en el cine mudo, es probable que, atendiendo a un ideario colectivo, no sólo pensemos en imágenes en blanco y negro, sino que también pensemos en un hombre con bastón, bigote y gorro de copa, cuyos pantalones anchos, movimientos graciosos y rostro expresivo, conforman la imagen del personaje más reconocido de Sir Charles Spencer Chaplin: el inolvidable “Charlot”. Hace dos años este personaje cumplió 100 años de existencia, y con él, el artista británico se consolidó como ícono del cine mudo, la cultura, y la actuación a nivel mundial.

Charlot representa la realidad de un vagabundo que transita por distintos momentos y situaciones de la sociedad de la época, y en cuya vida es el azar -cual peripecia de tragedia griega- el que lo lleva a circunstancias que lo introducen en escenarios para él totalmente involuntarios. Así, fue azaroso que lo acusaran injustamente de un robo, y que por escapar de la policía terminase en la plena ejecución de un acto circense. También fue azaroso el escuchar la conversación en la que a Merna -la hija del dueño del circo- una vidente le revelaba que prontamente se casaría con un hombre cercano. Todos estos son hechos accidentales que de algún modo determinan las condiciones de los sucesos posteriores.

Por otro lado, hay otros efectos de la casualidad que vale considerar: fue ajeno a su voluntad el hacerse famoso frente a un público, pues lo que en última instancia constituye el objeto de risa es la huida de la policía; su ineptitud con una rumba de platos y con los animales usados en los trucos; la facilidad con la que cae dentro de un barril y la torpeza con la que sale de él, etc. Es decir, se trata del desenvolvimiento de la personalidad más natural, espontánea y genuina del protagonista, y no las rutinas aprendidas, no es el resultado de una orden (“¡Sé chistoso!”), no es la mecanización de este tipo de arte, pues ella no puede ser pauteada. Si lo fuera, dicha esquematización tan rígida mataría cualquier posibilidad de tener contacto con el entorno inmediato (improvisar, por ejemplo) y la comicidad se convertiría en un ejercicio predecible.

Ahora bien, resulta curioso notar el efecto que produce la mezcla del humor con otro tipo de sentimientos. Por ejemplo como espectadores podríamos sentirnos moralmente interpelados con el trato que el dueño del circo le da a su hija, o cuando vemos que Charlot se come la comida de un bebé a espaldas de su padre, o cuando vemos que es injustamente perseguido por un crimen que no cometió. No obstante, la risa y lo ridículo tienen la particularidad de suavizar el efecto de cualquier tipo de juicio moral que se pueda emitir.

El final de la película nos devuelve a la realidad de lo que es un circo: una familia nómade -similar en esto a una familia gitana- que vive al margen de la sociedad, que tiene un carácter atemporal, que vive a su propio ritmo y con sus propias reglas. Una familia cuyo sentimiento de pertenencia se enraíza en muchos lugares y en ninguna parte.

 

Valentina Ávila D. y Ana Rojas D.

Equipo Cine Club 2016

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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