La memoria del agua: la intimidad de la madurez

13 08 2015

El quinto largometraje del director chileno Matías Bize, continúa la línea temáticas de sus antecesoras; las relaciones de pareja con sus respectivos conflictos.
Lo interesante de analizar la obra de Bize en su totalidad, es su progresión sobre la madurez de sus personajes, quizás también por el crecimiento del propio director. Entonces,  si en su opera prima “Sábado” encontrábamos algo más fresco, con un gran plano secuencia, una búsqueda rupturista de la narrativa y la estética, algo que se puede considerar juvenil. En su última obra “La memoria del agua” nos encontramos con una pausa, un momento de inflexión. Ahora son personajes que superan los treinta años, que tienen amigos con hijos, con empleo y con algo de seguridad económica. Sin embargo, este momento de inflexión también viene rodeado de conflictos. ¿soy feliz? ¿puedo superar mis problemas? ¿puedo seguir adelante?.

El puntapié inicial de “La memoria del agua” es precisamente la pérdida más dolorosa que una pareja puede tener: un hijo (que dentro de los puntos más interesantes, es su propia construcción en el fuera de campo narrativo). El agua se convierte en el drama central de la historia. Después del shock, la historia se pregunta ¿podemos seguir adelante? ¿aquí? ¿juntos?

Aquí la historia toma un camino de constante búsqueda emocional. De reencontrar respuestas en el silencio y en la soledad, no sólo de la relación de pareja, sino de la relación con uno mismo.

Bize se la juega al sostener una historia donde la infelicidad aparente que se muestra al principio, se transforma en una profunda reflexión acerca de los caminos posibles para lograr aquella recomposición de lo perdido, de obtener momentos de luminosidad en vidas que el destino ya las puso a prueba, de volver a ese estado “feliz”, tomando en cuenta un escenario de un oscuro presente.

“La memoria del agua” rodada entre Santiago y Puerto Varas es una historia intima y de buenas intenciones, que en buena medida se construye a través de los personajes principales, gracias también a una simbiosis entre Vicuña y Anaya, otorgando una gran humanidad en sus actuaciones.

Todo cineasta busca una cierta identidad, Bize ya tiene un cierto sello temático y narrativo. Para él, este último filme es el mejor que ha hecho. Sin embargo, creemos que también uno extraña esa búsqueda de arriesgar más, como alguna vez lo hizo en sus inicios.

Daniel Miranda

Gonzalo Nuñez

Equipo Cine Club 2015

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