Johnny Cien Pesos: el conflicto de la transición

26 08 2015

Después de realizar una extensa labor en el cine y televisión en el extranjero, Gustavo Graef – Marino vuelve a Chile con el retorno a la democracia. En un contexto donde asumía Aylwin y comenzaba una “nueva” etapa para la construcción político y social del país, que no deja de ser conflictiva a nivel interno.

El 10 de octubre de 1990,  un joven de 17 años Marcelo de Jesús Gómez Lizama junto a un grupo de hombres realizaron un asalto con rehenes a una casa de cambios de un departamento en la calle Estado. Este suceso se convirtió en la inspiración de Greaf-Marino para realizar su primera película en el Chile de la transición.

El director toma el hecho y los transforma en un thriller policial que recuerda a Tarde de Perros de Sidney Lumet. Llena de acción, intriga y un ritmo entretenido donde se va articulando un montaje paralelo en lo que sucede dentro del video club/casa de cambio con los asaltantes y sus rehenes y lo que pasa afuera con una prensa alarmista y un gobierno que duda en la acción policial/militar debido al contexto de los primeros meses de democracia.

Marcelo ahora es Johnny, un joven de una población de Recoleta que piensa que con este asalto podrá surgir, debido a las ideas que les mete en la cabeza el grupo de asalto. Johnny es temeroso, no sabe bien usar un arma y suda constantemente por el miedo de caer en “cana”. Johnny representa esa “generación adolescente desorientada y que además había sido estupidizada por la dictadura” (Graef – Marino)

Por otro lado, está la prensa. Que da sus primeros pergaminos a la noticia alarmista, a la grabación en vivo de los sucesos y a la búsqueda farandulera de los testimonios de la madre de Johhny o sus compañeros de curso en el colegio. La representación de un antecedente crítico a lo que será la prensa desde este periodo hasta la actualidad.

Y por último un gobierno que vive con la presión del fantasma de los militares, que aunque no se ven, presionan desde la imagen hasta la frase “sino, lo podemos volver a hacer”, por esto mismo, para La Moneda es un conflicto lo que ocurre con el asalto, por que sacar a militares a recuperar a los rehenes es un mensaje complejo para la sociedad.

Es precisamente estos puntos, lo que hace de Johnny Cien Pesos una película que trasciende. Que si bien se toma de una noticia real,  Graef – Marino logra introducir elementos críticos del contexto socio político que se vivía en los primeros años de la transición. Y que al verla en la actualidad, cobra sentido al ver como hay elementos que no han cambiado en todos estos años.

 

Daniel Miranda

Equipo Cine Club 2015



Heredar la vergüenza

18 08 2015

 

“¿Quién tiene que pedir perdón?

¿Quién tiene que otorgarlo?

¿Quién tiene que transar ahora?”

(Comandante Pedro)

 

Santiago nocturno, en penumbras, destruido y malherido. Así nos muestra Tatiana Gaviola la ciudad tras la tormenta, una clara alegoría hacia la dictadura, en donde cada rincón y personaje que en el largometraje aparecen nos recuerda a las heridas de este momento. El uso de edificios destruidos, en ruinas y la predominancia de escenas nocturnas, dan forma a la estética del largometraje que nos sumerge aún más en esta sensación.

“Mi último hombre” es un trhiller que nos muestra a Florencia, una periodista que se enamora de Pedro, un subversivo que mantiene la lucha clandestina cada vez más desarticulada. En el transcurso de la obra, aparecen elementos que yo interpreto como tristes y arraigadas herencias propias de la memoria y el olvido de la sociedad chilena; la muerte aparece como una eterna acompañante, en donde no solo guía la búsqueda de historias de la periodista, sino que cruza en distinta medida el destino de los personajes. El simulacro y la desconfianza como articuladores de las relaciones interpersonales y mantención de las apariencias, y, el uso de la imagen como mero espectáculo: “¡esto es Televisión, no es arte!” le grita su jefe a Florencia, máxima que no se aleja de la actual situación de los medios de comunicación, más aún cuando se trata de preocupaciones y problemáticas sociales.

Así, yo diría que hoy, como siempre, mirar y valorar obras que pueden servirnos como espejo para entendernos como sociedad, ayudan a rescatar también dudas que permanecen irresolutas, y más aún cuando siguen develándose casos de “pactos de silencio”, impunidad, injusticia. La cinta, que fue seleccionada en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes el mismo año de su estreno, adquiere gran valor, pues no solo nos da cuenta de una representación cercana de lo que fue la época de dictadura, sino que porque nos revela sobre todo, que Chile, tras 25 años de la “vuelta a la democracia” solo ha transitado a la vergüenza.

 

Ana Rojas Didier

Equipo Cineclub 2015



La memoria del agua: la intimidad de la madurez

13 08 2015

El quinto largometraje del director chileno Matías Bize, continúa la línea temáticas de sus antecesoras; las relaciones de pareja con sus respectivos conflictos.
Lo interesante de analizar la obra de Bize en su totalidad, es su progresión sobre la madurez de sus personajes, quizás también por el crecimiento del propio director. Entonces,  si en su opera prima “Sábado” encontrábamos algo más fresco, con un gran plano secuencia, una búsqueda rupturista de la narrativa y la estética, algo que se puede considerar juvenil. En su última obra “La memoria del agua” nos encontramos con una pausa, un momento de inflexión. Ahora son personajes que superan los treinta años, que tienen amigos con hijos, con empleo y con algo de seguridad económica. Sin embargo, este momento de inflexión también viene rodeado de conflictos. ¿soy feliz? ¿puedo superar mis problemas? ¿puedo seguir adelante?.

El puntapié inicial de “La memoria del agua” es precisamente la pérdida más dolorosa que una pareja puede tener: un hijo (que dentro de los puntos más interesantes, es su propia construcción en el fuera de campo narrativo). El agua se convierte en el drama central de la historia. Después del shock, la historia se pregunta ¿podemos seguir adelante? ¿aquí? ¿juntos?

Aquí la historia toma un camino de constante búsqueda emocional. De reencontrar respuestas en el silencio y en la soledad, no sólo de la relación de pareja, sino de la relación con uno mismo.

Bize se la juega al sostener una historia donde la infelicidad aparente que se muestra al principio, se transforma en una profunda reflexión acerca de los caminos posibles para lograr aquella recomposición de lo perdido, de obtener momentos de luminosidad en vidas que el destino ya las puso a prueba, de volver a ese estado “feliz”, tomando en cuenta un escenario de un oscuro presente.

“La memoria del agua” rodada entre Santiago y Puerto Varas es una historia intima y de buenas intenciones, que en buena medida se construye a través de los personajes principales, gracias también a una simbiosis entre Vicuña y Anaya, otorgando una gran humanidad en sus actuaciones.

Todo cineasta busca una cierta identidad, Bize ya tiene un cierto sello temático y narrativo. Para él, este último filme es el mejor que ha hecho. Sin embargo, creemos que también uno extraña esa búsqueda de arriesgar más, como alguna vez lo hizo en sus inicios.

Daniel Miranda

Gonzalo Nuñez

Equipo Cine Club 2015



“Archipiélago” de Pablo Perelman: recuperar una memoria fragmentada.

11 08 2015

Un archipiélago se define como un conjunto, generalmente numeroso, de islas agrupadas en una superficie más o menos extensa de mar. Los archipiélagos constituyen territorios fragmentados y muchas veces aislados de los grandes centros de la civilización. Tal es la metáfora que escoge el director, guionista y productor Pablo Perelman para contar la historia de un arquitecto que luego de participar en una reunión clandestina de oposición a la dictadura de Pinochet, recibe un balazo en la frente que lo lleva a la muerte a través de un viaje imaginario.

La narración funciona a través de relatos paralelos en los cuales Perelman intercala una masacre de la DINA hacia un grupo subversivo y un viaje onírico donde el protagonista se traslada hasta el archipiélago de Chiloé, lugar enfrentado a invasiones de personajes extranjeros tanto en el presente como en la época del pueblo Chono. Cada fragmento del relato funciona como una isla de información tanto para el público como para el personaje principal de la historia, armando un complejo puzle que nos lleva a descubrir algo que se encontraba oculto.

El protagonista, inmerso en una especie de limbo, es exiliado hasta una tierra mítica en donde intenta proteger la tradición que se encuentra amenazada por un invasor que corrompe el estado natural de las cosas, cometiendo sus objetivos a través del exterminio. En la medida que el arquitecto va comprometiéndose con la restauración de una iglesia chilota muy deteriorada y con la protección de los chonos enfrentados a los españoles, también va cuestionando y entendiendo su deber con la causa política que lo lleva finalmente a la muerte. Así logra una especie de reconciliación personal que lo saca del estado de confusión y caos que no lo deja descansar.

La propuesta narrativa compleja y arriesgada de la obra funciona en gran medida gracias a los aspectos técnicos que están muy bien logrados. La fotografía y el sonido crean una atmósfera lúgubre y misteriosa que mantiene el suspenso necesario para interesar al público en la progresión de este relato surrealista. Sobre todo destacan dos elementos: el montaje de Fernando Valenzuela quien en plena libertad juega con las imágenes para estimular psicológicamente al público de manera efectiva y  la sólida actuación de Héctor Noguera en el rol principal. Ambos aspectos hacen que el relato sea dinámico y que la historia se pueda sostener por los 80 minutos que dura el filme.

“Archipiélago”, estrenada en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes 1992 y ganadora del tercer premio Coral del 14° Festival de La Habana, nos muestra un retorno a la democracia donde se intenta recuperar una fragmentada memoria desde el impacto, la derrota y el trauma. La película delata un país que vive una transición tensa en la cual los mayores responsables de la dictadura aún siguen en cargos importantes de la administración del Estado y de las fuerzas armadas; donde aún no hay justicia para miles de desaparecidos, torturados y asesinados. Los derrotados deben conformarse con vivir bajo las reglas de un sistema que significa la oposición en extremo a la utopía socialista, dando la sensación de transitar desde una resistencia física a la dictadura de Pinochet a otra resistencia sicológica a una incómoda democracia incipiente en la cual el pasado es contantemente cuestionado para saber si realmente todo valió la pena. Vemos una parte del pueblo de Chile que, como el protagonista de la historia, anhela deshacer los errores que llevaron al país a aquel estado de las cosas, sentenciando un “…si tan sólo pudiésemos volver atrás”.

 

Felipe Garrido G.

Equipo Cineclub



Amnesia: libertades, olvidos, memorias, ganadores…

5 08 2015

Complejo resulta hablar a estas alturas, con una distancia de 25 años (que en realidad es nada en cuanto a procesos de cambios sociales, aunque no es menos cierto que en 17 años el panorama cambió bastante), sobre un tema ya tantas veces abordado, discutido en sus análisis, sin caer en el autoplagio o en un discurso de convencidos para convencidos. Ello es lo que me ocurre al hablar sobre la Dictadura chilena, la pregunta por cómo mirar desde un nuevo lugar aquello ya tantas veces visto. Cómo ver, o ser capaz de hacerlo, a través de una rendija antes no percibida o revelada.

 

El cine, con su capacidad, no muchas veces explotada, de hacer visible aquello que es invisible, lo que se pasa por alto envuelto en el cotidiano, ofrece esta posibilidad de ver nuevas aristas. Al igual que con la historia, un acto de poder, importan menos los hechos que la interpretación e historia, valga la redundancia, que se construya sobre ellos.  El Capitán Mandiola  (Nelson Villagra), ya lo hacía notar, la historia la hacen los ganadores, ellos la escriben y la perpetúan…hasta que pierden, podríamos agregar nosotros.

 

La pregunta que plantea “Amnesia”, o al menos una de ellas, es quién finalmente es ese ganador o ganadora, quién gana luego de esta guerra nunca esclarecida en el film, pero que a primera vista podemos asociar con la Dictadura cívico-militar chilena. Difícil creer que lo hace alguien en este campamento abandonado en el desierto, en donde militares y prisioneros prácticamente constituyen una comunidad, con relaciones anormales, pero perfectamente funcionales en dicho contexto, en donde los límites de la normalidad se ven extendidos, y aquello que hoy puede parecer una locura (Zúñiga lo repite con insistencia, como tratando de autoconvencerse, para escindirse de culpa frente a Ramírez), antes no lo era tanto. El campamento era un delirio casi, pero nadie lo percibía como tal.

 

El ganador es invisible, sólo lo escuchamos. No es el que hace el trabajo sucio, “sólo” lo ordena. No tiene rostro, sólo voz,  como una suerte de dios que define la suerte de estos hombres y mujeres. Es el Perro Marambio, quien espera obediencia absoluta e inmediata a sus órdenes, las mismas que sirven a los soldados para rehuir responsabilidades. Ellos solamente obedecen, es su trabajo.

Desde luego no podemos caer en el juego de que aquellos que “sólo obedecen” órdenes son víctimas. Tal vez los de menor rango podrían caber en esta categoría, algo siempre en discusión. La libertad requiere de un marco mayor al individuo para ser tal, no depende únicamente del yo, pero no es menos cierto que existe un margen para la autodeterminación, de lo contrario está el peligro de caer en que nadie es responsable por nada, dado que siempre se podrá responsabilizar a las condiciones materiales, sociales, valóricas, por lo hecho o no hecho. Ramírez necesitaba recuperar ese control sobre sí mismo, que considera perdido en el desierto, y decide no matar a Zúñiga, sino dejarlo en ese limbo, en donde vivir o morir ya no pareciera depender de él. La incertidumbre lo “mata”.

 

Amnesia nos coloca, tempranamente, en las disyuntivas de los primeros años. Opta por la alegoría, para decir lo que no se puede decir, o resulta complejo, producto de las condiciones del momento en el país, mas podemos identificar que nos habla del Chile de ese momento (incluso el de hoy), con los torturados y torturadores co-gobernando y haciendo tratos; los que dieron órdenes seguros de ser intocables, y los que las siguieron, escudándose en las mismas.

 

Las ideas que quedan dando vueltas son muchas, las preguntas también. ¿La víctima es siempre víctima, el victimario siempre victimario? ¿Se estaba tan loco en ese momento? ¿Acaso es mejor olvidar? ¿Quiénes son los ganadores al final del día?…

 

 

Carlos Molina González 

EQUIPO CINECLUB 2015

 

 

 

 

 






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