El cine fantástico de Méliès

17 03 2015

Un viejo de aspecto cansado camina lentamente por París, se observa cómo le es más difícil mover sus piernas. Cientos de cintas de celuloide comienzan a aparecer del su longevo cuerpo; las películas que salen del hombre detienen en su paso. Queda inmóvil.

Con esta onírica imagen, la vanguardia surrealista francesa intentó reivindicar la figura del cineasta e ilusionista Georges Méliès. Fueron más de diez años de olvido, provocados por el autoexilio y la bancarrota, que desencadenaron el cierre de su estudio durante la llamada primera Guerra Mundial. Con más de 500 películas producidas entre 1896 y 1923, Méliès consiguó un lugar en la entonces reciente historia del cine. Su trabajo lo llevo a ser catalogado como uno de los creadores de la ficción junto a Alice Guy y Segundo de Chomón entre otros genios olvidados del cine.

Durante las últimas décadas, la figura de Georges Méliès ha generado nuevamente interés entre los realizadores contemporáneos. Pese a lo rudimentario que pueda parecer el lenguaje cinematográfico utilizado en sus películas, hay algo en aquella simpleza que es necesario recuperar. La historia efectivamente deja huellas que el tiempo tapa, pero hay veces que dentro del espesor histórico reaparecen algunas de estas imágenes que nuevamente tienen la capacidad de llamar la atención. Así es como el cine con más de cien años de historia a cuestas, debe volver a revisar aquella magia que Méliès proporcionó en el estado primigenio de este arte.

(“Viaje a la Luna”, Georges Mèliés (1902) )

Durante el siglo XIX, la búsqueda por la conquista del movimiento y la posterior proyección de estas imágenes, fue una obsesión compartida por científicos, matemáticos e inventores. Se puede afirmar, entonces, que la invención de la cámara y el posterior establecimiento del cine fueron provocados por un impulso científico. Los registros de trabajadoras saliendo de una fábrica o un tren llegando a la estación, que hoy generaría gran interés a antropólogos urbanos, fue la cotidianidad que los hermanos Lumiere lograron grabar y proyectar, fascinando así a estos nuevos espectadores.

Las imágenes de la Francia cotidana de ese entonces que se exhibían en numerosas ferias y cafés, no bastaron para una mente como la de Georges Méliès, quien gracias a su rol de ilusionista en el teatro de Robert Houdin, descubrió la magia de esta nueva ilusión del siglo XX. Sus esfuerzos se encauzaron en trabajar con los elementos propios del ilusionismo y la literatura en el cine; investigó en el montaje, avanzó en el campo del color y el cine de género; inventó elementos propios del lenguaje y la técnica cinematográfica, entre varias cosas más. Una de las características más altas de Méliès se inscribe en su incansable búsqueda de lo imposible. Gracias a sus películas pudimos viajar por primera vez desde las profundidades del océano hasta la superficie de la luna; conocer el reino de las hadas, nadar con peces y conocer a los magos. Méliès logró romper la fotografía móvil de la sociedad de su tiempo e inundar de magia, llevar la mentalidad fantástica que estaba escrita en las novelas a un instrumento hecho con metales, frío, óptico y aburrido.

Quizá esta lectura de la obra Georges Méliès sea un poco ingenua, pero debemos considerar que los primeros espectadores de cine aun conservaban intacta aquella capacidad de asombro, siendo novedad el simple hecho de ver imágenes en movimiento. Después del establecimiento del cine, tener una aventura, conocer lugares lejanos y viajar más allá de la luna era posible simplemente entrando a un cuarto oscuro.

Con la irrupción de la Primera Guerra mundial, la cruda realidad se apoderó de la cotidianidad europea, el cine fantástico de  Méliès no tenía cabida  en este desgarrador contexto, cayendo en el olvido. El registro de una realidad imponente se hizo una tarea fundamental, de la que el cine debía hacerse cargo. Con esto,  la representación de seres mágicos se fue al olvido.

Hoy, más de cien años después, pareciese que el cine agota sus energías en sumar mejoras. La calidad y avances tecnológicos en el campo de la imagen y la reproducción mecánica, parecen estar en un mar más calmo. Entonces ¿Por qué la figura de Georges Méliès vuelve a ser transcendental?

Méliès encarna aquella capacidad que hemos olvidado del cine, aquella potencia esencial que en sí mismo es un acto de magia.  Gracias a la familiarización que la sociedad actual tiene con el cine, nos hemos olvidado donde éste nos lleva. Hoy es tan fácil reproducir una película sin un esfuerzo físico requerido, que hemos dejado de sorprendernos con la capacidad transportadora que estas imágenes  tienen; esto no tiene que ver con los viajes a la luna ni a las profundidades del mar imaginadas por Méliès. El cine fue nuestra primera gran ventana hacia el mundo, para más adelante desarrollarse como un vehículo hacia la intimidad. Al entrar a una sala de cine somos testigos no solo de una historia, sino de un mundo completamente distinto. Podemos acceder a la intimidad, al mundo propio de un personaje, afectarnos. Esa es la verdadera magia del cine.

Con esta función inaugural, el Cine Club de la Universidad de Chile busca intentar retomar aquello que hemos perdido. Devolverle al cine el  carácter mágico que la reproducción mecánica le quita. Volver a asombrarnos con la magia de las imágenes, volver a sentir la emoción de lo imposible. Debido a esto, la exhibición de las películas restauradas El Reino de las Hadas (1903) y Viaje a la Luna (1902) de Georges Méliès, serán acompañadas con la magia del theremin, el instrumento que se toca sin ser tocado,  instrumento electromagnético creado en 1919 por el físico ruso León Theremin.

Camila Toro

Equipo Cine Club 2015

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