Saló. Institución y violencia.

1 10 2014

«El sadomasoquismo forma parte del hombre. Existía en la época de Sade y hoy, pero esto no es lo que me interesa. Me importa el sentido real del sexo en mi película que es una metáfora de la relación entre poder y sumisión. Todo el razonamiento de Sade, el sadomasoquismo de Sade, tiene una función muy específica y clara, la de representar lo que el poder hace del cuerpo humano; el desprecio al cuerpo humano (…), la anulación de la personalidad del otro». P.P.P.

La última obra de Pasolini se plantea como una relectura de la novela del Marqués de Sade Las 120 jornadas de Sodoma, esta transposición espaciotemporal nos sitúa de lleno frente al paradigma de la decadencia humana; actualiza los códigos sexuales y morales del libertinaje y nos posiciona en la república de Saló. De los últimos años del reinado de Luis XIV en Francia nos trasladamos a la Italia fascista reconociendo de igual manera las dinámicas establecidas por la configuración del poder y la instrumentalización de los cuerpos.

Los elementos que configura el director dan cuenta de las posibilidades expresivas que recogió de la obra literaria, que a su vez se traducen en recursos semióticos relativos a la representación de un declive ideológico; argumentaciones que validan la violencia con propósitos instrumentales y la manera en que estas se ven encarnadas tanto en los códigos escenográficos tanto como en los códigos corporales.

En primera instancia vemos como los cuatro hombres leen el manifiesto reglamentando la estancia en la mansión, despojando a los jóvenes de toda identidad psicológica como individuos: pasan de ser reconocidos como persona, como sujeto moral que es fin y no medio a ser meros objetos para luego someterlos a diversos abusos sexuales. Su papel de víctima es trascendido al ser envueltos por la subjetividad, por el afán dictatorial de los hombres que sentenciarán que “están fuera de los límites de toda legalidad”, es decir, sometidos a una violencia institucionalizada. A su vez, el relato de las prostitutas y la manera en que estimulan a través de anécdotas personales el deseo sexual, tendrán un carácter espectacular; establecerá las relaciones entre los sujetos y su medio, el ritmo marcado por la aparición de las posibilidades de satisfacción del sadismo como expresión de provocación y degradación.

Se trata de una representación de las condiciones en que la violencia suele constituirse y el lugar común de estos constructos donde la insensibilidad frente al sufrimiento concreto e individual y la capacidad para trascenderlo ya estética, ya utilitariamente, con fría y calculadora prescindencia de contemplador o de estratega. La construcción discursiva trasciende como mecanismo para bloquear la sensibilidad, y Pasolini hace énfasis en esto no tratando el cuerpo en sí mismo, sino que administrando el órden simbólico de éste llevándolo al límite.

Pascale Céspedes

Equipo Cine Club 2014

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