Los Dominios Perdidos de Raúl Ruiz

22 04 2014

“La realidad secreta brillaba como un fruto maduro./ Empezaron a encender las luces del pueblo./ Los niños entraron a sus casas./ Oímos el silbido del titiritero que te llamaba./ Tú desapareciste diciéndonos: “No hay casa, ni padres, ni amor; sólo hay compañeros de juego”./ Y apagaste todas las luces/ para que encendiéramos/ para siempre las estrellas de la adolescencia/ que nacieron de tus manos en un atardecer de mil ochocientos noventa y tantos.”

Los Dominios Perdidos, Jorge Teillier.

 

El cine de Raúl Ruiz se encuentra en un constante vuelco a sí mismo: su objeto de estudio no son tan sólo las problemáticas sociales y políticas contingentes, sino más bien la propia condición de ficción de la obra cinematográfica, entendiendo este concepto como la autoconciencia de la ficción en tanto que ficción. Este vuelco se manifiesta a través de diversas estrategias, entre otras, la puesta en evidencia de los recursos (técnicos, simbólicos, semánticos) que componen el relato cinematográfico.

En el momento en que la obra de Ruiz evidencia sus recursos, es decir, que pone de manifiesto su materialidad develando los elementos que la componen, demanda que el espectador dirija su interés principalmente a los medios de representación; al lenguaje. Y es esta misma conciencia del lenguaje la que hace que su uso figurado alcance un poder de significación más allá de su uso literal; las figuras retóricas entran en juego y la manifestación tangible del lenguaje se transforma en la problemática fundamental para la producción artística.

El trabajo de Ruiz engloba una conciencia absoluta de los recursos que se utilizan y la manera en que éstos se configuran, proponiendo una polisemia en la que los diversos componentes pueden asumir múltiples significancias, y por tanto múltiples interpretaciones. Ruiz instaura una nueva construcción del mundo narrativo, desarrollando mundos que avanzan paralelamente; el tratamiento del tiempo se desplaza desde una linealidad hacia una circularidad. Existe, por lo tanto, una multiplicidad de planos que emergen simultáneamente y coexisten en paralelo: se presenta un recorte de temporalidades entre el pasado y el presente. ¿Cuántas historias hay en una historia? ¿Cuántas vidas hay en una sola? En El Dominio Perdido se presenta esta convivencia de universos paralelos, un cruce constante que parece no tener límites, realidades que se superponen, se citan y se enredan confundiéndonos, pero a la vez haciéndonos partícipe en cuanto nos toma como un cómplice de este imaginario, de esta operativa que devela el comportamiento de la obra del director, quizás como mero recurso estético, quizás como una búsqueda de comunicación con ese paraíso perdido; melancolía y nostalgia por un mundo que desaparece. Porque Ruiz entiende que la melancolía implica una derrota, pero la combate entendiendo que esta misma operación de la imaginación supera la estructura inerte del cómo se nos ha representado la realidad. Es esta desalineación la consigna de su resistencia.

 

Pascale Céspedes

Equipo Cine Club 2014

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