¿Es esta la vida real, o es sólo fantasía?

8 04 2014

Prestos a fantasear un poco, y disculpando la reiteración,  probablemente aquella fue la pregunta más común entre quienes veían por primera vez imágenes en movimiento, ya sea en un café parisino hace casi 120 años, o bien en alguna feria itinerante que pasaba por un poblado perdido junto a la línea del tren. Mal que mal, mucha gente, por lo que cuenta la “historia oficial”, pensó que la locomotora de la película de los hermanos Lumière los atropellaría. O sea, por un segundo el cine dejó de ser fantasía y se convirtió (sintió) en aquello que podemos llamar realidad.

 

Moviéndose en aquella dualidad, que no es otra que la de la vida cotidiana si lo llevamos al extremo, es que el cine se ha encontrado desde sus inicios. Producto de aquel deseo de ya no sólo captar un momento único e irrepetible, de congelarlo en el tiempo, algo que logró la fotografía, sino que ir un paso más allá, y capturar el movimiento/tiempo, el cine pronto fue dejando de lado esa intención más bien mimética respecto a la “realidad” (o al menos esa consideración se tenía en un comienzo, “lo que se ve es”). Basta remitirse a las películas de George Méliès, que en sus inicios traspasó su espectáculo de magia a la “pantalla grande”, para luego dejarnos obras como “Viaje a la luna” (1902).

 

Las imágenes son re-presentaciones, nos remiten ausencias, algo que estuvo y que ya no está, que fue. Re-presentan el mundo, por tanto no son un producto “limpio”, puro, están cruzadas por las diferentes condiciones de “producción” con las que se puede encontrar el creador, y por su misma subjetividad. El lenguaje lo mismo, crea una realidad, o la re-presenta.

 

 

El Ladrón no lo tiene, nadie parece tenerlo, al menos de manera verbalizada, hasta que El Alquimista se lo da (¿o devuelve?), como suerte de primer paso del camino que lo llevará a convertirse en Maestro, el cual termina en la montaña sagrada. A través de él es que podemos ejercer un cierto dominio-control del mundo y sobre nosotros mismos (o quizás esa realidad es la que nos controla por medio del lenguaje).

 

Repleto de imágenes alegóricas, barrocas, violentas, pornográficas (en el amplio sentido de la palabra) el viaje que propone Jodorowsky importa quizás menos que las imágenes mismas. El relato resulta ser sólo un medio que permite poner dichas re-presentaciones en conexión y sumergirnos en un fragmento que “queremos” que sea real para poder conectarnos de alguna manera con él, pero que luego que las luces se encienden nos devuelve abruptamente a nuestra realidad.

 

Vivimos en realidades subjetivas, acaso fantasías. La realidad como tal resulta inasible. Su concepción es más bien un invento que permite ordenar (¿controlar?) la vida. A veces podemos estar más cerca de ella que otras, o al menos eso creemos. El cine crea una, que al mismo tiempo sabe que no es (conciencia de sí mismo), pero al final siempre terminamos, cual más cual menos, absortos en los que se nos presenta, nos identificamos con lo que ocurre, maravillándonos muchas veces, compenetrados con la imagen, la que al final, y como se decía, se revela como algo que no es, y que no ha pretendido ser. Basta ver como termina La Montaña Sagrada. ¿Un engaño?, siempre supimos que lo era, sólo que elegimos no creerlo. Cada cual crea y cree las realidades, para luego vivirlas, quizás como única forma de encontrar un sentido a la vida más allá de la propia existencia.

 

Carlos Molina González

                                                                                                     Equipo CINECLUB

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