El topo: La memoria y la sangre

1 04 2014

Por Luis Horta

 

Hace veinte años atrás, ver una película como “El Topo” era  difícil. No solo por las malas ediciones que circulaban, copias en quinta generación con subtítulos en japonés y permanentes defectos de tracking. No había más, pero conseguir una copia de “El Topo” era dar con un tesoro clandestino e imposible. El poder de aquellas imágenes era cautivante y estremecedor: un padre con su hijo montados en un caballo atraviesan un río de sangre, los animales se descomponen como las personas y las moscas emiten un murmullo tan ensordecedor como el de las ciudades modernas. Hace veinte años el cine chileno no era así, pero esta película era de un chileno y provocaba.

 

Jodorowsky plantea con “El Topo” (1970) una película tan generacional como enigmática, capaz de proveer en su relato un manto de poesía críptica, dolorosa y amarga. Vista hoy, es una película menos extraña de lo que fue en su estreno en el año 1970. Una violenta alegoría de las raíces humanas en un paisaje desolador, con una fotografía quemante donde el viaje de un padre con su hijo desemboca en una espiral de violencia, acaso una metáfora premonitoria de la historia del continente, de los pueblos y los sujetos populares.

Hay en “El Topo” reminiscencias del Jodorowsky encantado por los bordes, por identificarlos y hacerlos evidentes. Tal como se vinculó con el mundo de la poesía chilena en los años 40, o de la misma manera en que fundó en 1950 un teatro para títeres en la Universidad de Chile, en esta película emerge la idea de contemplar el cine como construcción material de una realidad única, rompiendo con una idea convencional de la ilusión para estimular la necesidad de pensar las imágenes, de entender el cine como una máquina constructora de realidades exclusivas. “El Topo” no es realista ni surrealista, sino anti realista desde comienzo a fin: nada es real, ni nuestra propia biografía. No es extraño descubrir las constantes alegorías críticas a la religión y en general a las instituciones, planteándose como una exploración humanista sobre la existencia en el mundo moderno. Más allá de los clisés de época, la película es un producto fidedigno de cierta vanguardia progresista, audaz en muchos aspectos y consciente del rol de la imagen cinematográfica. Su revisión hoy, a 44 años de su estreno, nos propone muchas inquietudes: ¿Cómo leemos actualmente la imagen de la violencia? ¿Qué relación tiene nuestra sociedad con la imagen alegórica?

 

El tránsito, como experiencia perenne, parece continuar proyectándose en una sociedad aún interpelada por aquellas imágenes de shock, los movimientos de cámara recogidos del Spaghetti Western, los sujetos abandonados a su destino. “El Topo” continúa leyéndose como una fábula contemporánea: Una generación que se quedó sin un padre-dictador, y que en su orfandad anhela aún tenerlo, buscándolo para fundamentar su destino. Una generación desnuda, que transita sin rumbo ni objetivos, aunque sin cuestionárselo tampoco. Una generación que es ante todo una imagen, por tanto no se comprende a si mismo por que no puede materializarse,  y solo contempla un espectáculo de violencia cotidiano y estetizado, expresando solo desde una pequeña mueca de indiferencia ante la realidad.

 

 

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