Un cuento moral (aunque no a la manera de Rohmer)

15 05 2013

Hay quienes afirman que Barry Lyndon es la obra menos robusta de Kubrick. El cruce de asuntos universales que hace de 2001, La naranja… u Ojos bien cerrados unas cintas complejas, filosóficas, toma en Barry Lyndon la forma de una carrera ética.

Dividida en dos partes de casi una hora y media cada una, la trama sigue -en lo fundamental- los avatares de un joven irlandés en el siglo XVIII, el miserable Raymond Barry (Ryan O’Neal), a partir de la huida de su hogar después de su participación en un duelo ilegal, que opera como leitmotiv en el trayecto de la vida del protagonista. En este camino que emprende, más psicológico que geográfico, atraviesa diferentes estaciones, que van develando el carácter de un sujeto aparentemente simplón. Así, transitamos junto a Barry por el ejército británico y por el prusiano, por los salones de juego, por su propia familia a la que abandona y por la que funda en el continente junto a Lady Lyndon (Marissa Berenson), una joven viuda, miembro de la nobleza, de la que toma el nombre con el que cree finalmente haber consagrado su camino.

Las guerras silecias y la nobleza europea son los grandes escenarios con que Kubrick deslumbró por la epopeya que significó la recreación de batallas a campo abierto y barrocos castillos iluminados sólo con luces de vela. Se dice que el equipo de fotografía tuvo que modificar una cámara Mitchell con lente Carl Zeiss para que el diafragma pudiera abrirse hasta f0.7, es decir, para que le pudiera entrar una cantidad de luz mayor a las posibilidades de la óptica humana. Esta adaptación, además del trabajo fotoquímico sobre el negativo, le imprimió a la película un tono y brillo especiales y deslumbrantes, que con otro contenido hoy pueden ser interpretados dentro de la estética Camp, pero que funcionan perfectamente en la representación de un ambiente barroco, cargado de una ostentosidad tan innecesaria como la nobleza misma.

Asimismo, como en toda la filmografía de Kubrick, las piezas musicales de los clásicos determinan al montaje en una medida muy adecuada a las miserias y modos aristocráticos, guiándonos por los recovecos del dolor ante la muerte, del desenmascaramiento, la vergüenza y el enamoramiento urgente. Destacan majestuosamente el trío Opus 100 de Schubert y el Saraband de Händel, que juega como otro leitmotiv, reiterándose en versiones de distintos instrumentos de cuerda.

La obra final no es menos completa que cada una de las películas que componen la filmografía de Kubrick. De la obsesión y carácter maniático del director se ha dicho tanto como sobre sus obras cumbres. Habría que sacudirse de las imágenes fetichizadas de un Alex de Large recibiendo el tratamiento Ludovico o de un Jack Torrance derribando a hachazos la puerta del hotel, para ingresar a la atmósfera –a la vez íntima y coral- de esta narración. Aventura, triunfo y decadencia son los movimientos de esta sucesión moral en la Europa de hace tres siglos, elevada a una épica individual por el merecidamente respetado Stanley Kubrick.

 

Por D. Antich

Equipo Cine Club Universidad de Chile

2013

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