REDRUM, REDRUM, REDRUM

22 05 2013


Jack es un hombre que luce “normal”, o al menos eso parece. Conduce su vehículo entre las montañas y el imponente paisaje que llevan hasta el Overlook Hotel, levantado sobre una pequeña planicie a más de 2.000 metros de altura. Ha viajado hasta ahí para una entrevista de trabajo. Tiene la posibilidad de ser el cuidador del lugar durante los meses de invierno, cuestión que, según él, beneficiará su trabajo como escritor, ya que tendrá un ambiente totalmente calmo para dedicarse a escribir.

Jack derrocha buen humor mientras es entrevistado, aunque su rostro cambia abruptamente cuando el gerente le cuenta que hace diez años la persona que cuidaba el hotel en invierno mató a su esposa y dos hijas, para luego suicidarse, todo producto, al parecer, de la “locura” que le provocó el encierro. A pesar del asombro, Jack asegura muy confiado que aquello no le ocurrirá. Está contento. Consiguió el empleo y no tarda en comunicárselo a Wendy, su esposa, que lo espera en casa junto a Danny, el pequeño hijo de ambos.

Hasta ese momento todo parece totalmente “normal”, ¿o no? Bueno, tal vez el inicio con esta cámara área entre las montañas, y la música un tanto estremecedora que la acompaña, hacen pensar que algo va a pasar, que no todo es tan “normal” como se piensa o lo seguirá siendo (más allá que se trate de una película y que obligadamente “algo” deba ocurrir para poder contar una historia, para que la acción progrese). Aquello, ciertamente, predispone los ánimos, crea una atmósfera extraña, como también el hecho que Danny hable con el que se supone es su amigo imaginario, Tony, quien le anticipa que su padre ha conseguido el trabajo y que pronto llamará a Wendy para decírselo.

A partir de ese momento ya todo se desenvolverá en una escalada delirante, en donde se comienza, por decirlo de algún modo, desde la Forma, para llegar al Fondo, los personajes. El hotel es un lugar gigantesco, laberíntico, cubierto con tapices y alfombras, cuyos diseños imitan las formas geométricas usadas por pueblos aborígenes norteamericanos, cuestión bastante “lógica” si se considera que el Overlook está construido sobre un antiguo cementerio “indio” (algo que, si se quiere, podría eventualmente ayudar a explicar las cosas que en él ocurren).

Sus colores son llamativos, absorbentes (cosa de ver el baño del bar o la alfombra donde juega Danny), ningún ruido del exterior se cuela, es como un mundo aparte, una realidad paralela casi, por usar un cliché. A ello se suman el tratamiento de cámara, y la banda sonora, además de las visiones que va teniendo Danny, de quien nos enteramos que posee un “don” (el Resplandor), que le permite comunicarse a través del pensamiento con otros como él, o saber cosas que aún no ocurren u ocurrieron tiempo atrás.

Todo este mundo cinematográfico construido en el Hotel Overlook va poco a poco “introduciéndose” en los tres protagonistas, afectándolos de diferente manera. El delirio visual pasa a los personajes, y todo se funde en un sólo “ente”. Quizás, y siendo ya un clásico, quien más lo evidencia es Jack, del cual podemos apreciar esa progresiva transformación, siendo, además, el protagonista de uno de los momentos más bizarros, cuando entra al bar del hotel y lo atiende un “mesero fantasma” de los años ‘20, comportándose frente a él con total naturalidad, como si lo conociese y no se tratase de una aparición, cuestión que hace patente que Jack ya se ha introducido en esta “otra realidad” que le ofrece el lugar (dicha escena, y otra posterior similar, igualmente pueden ayudar a entender, si la palabra viene a lugar, el final del film con la fotografía).

Lo que termina por verse aquí es como la Forma y el Fondo, aquella tan mencionada y manoseada dualidad, acaban por fundirse y complementarse. A estas alturas puede parecer un lugar común, pero otra película hubiese sido con un tratamiento de cámara o decorados distintos. Todo está al servicio de ofrecer una experiencia única, en donde puede hasta no importar demasiado lo críptico del final y la historia en sí. No se entregan respuestas, sólo retazos, sino preguntas. Más que el relato, lo que importa aquí son las sensaciones que se provocan en el espectador al vivir esta delirante experiencia, al fundirse esta Forma y Fondo.

Ahora bien, si lo pensamos más cuidadosamente, podemos encontrarnos con que al final de cuentas dicha dicotomía resulta inexistente, pudiendo ello ser extensivo para todo orden de cosas. La Forma es resultado del Fondo y viceversa, conformándose una suerte de sola gran cuestión. Una historia de este tipo “exigía” un tratamiento como el que tuvo y un tratamiento así no podía tener una historia carente de ese delirio y construida siguiendo estrictamente los patrones clásicos. Requería esa “locura”, ese no convencionalismo.

Tal vez fueron muchas líneas para decir que al final ambos elementos son más bien, o en sí, uno. Pero eso es lo que provocan las películas, que hablemos de ellas sin hablar de ellas, que partamos en ellas pero sin saber adónde llegamos.

 

Carlos Molina González

Equipo Cine Club Universidad de Chile



Un cuento moral (aunque no a la manera de Rohmer)

15 05 2013

Hay quienes afirman que Barry Lyndon es la obra menos robusta de Kubrick. El cruce de asuntos universales que hace de 2001, La naranja… u Ojos bien cerrados unas cintas complejas, filosóficas, toma en Barry Lyndon la forma de una carrera ética.

Dividida en dos partes de casi una hora y media cada una, la trama sigue -en lo fundamental- los avatares de un joven irlandés en el siglo XVIII, el miserable Raymond Barry (Ryan O’Neal), a partir de la huida de su hogar después de su participación en un duelo ilegal, que opera como leitmotiv en el trayecto de la vida del protagonista. En este camino que emprende, más psicológico que geográfico, atraviesa diferentes estaciones, que van develando el carácter de un sujeto aparentemente simplón. Así, transitamos junto a Barry por el ejército británico y por el prusiano, por los salones de juego, por su propia familia a la que abandona y por la que funda en el continente junto a Lady Lyndon (Marissa Berenson), una joven viuda, miembro de la nobleza, de la que toma el nombre con el que cree finalmente haber consagrado su camino.

Las guerras silecias y la nobleza europea son los grandes escenarios con que Kubrick deslumbró por la epopeya que significó la recreación de batallas a campo abierto y barrocos castillos iluminados sólo con luces de vela. Se dice que el equipo de fotografía tuvo que modificar una cámara Mitchell con lente Carl Zeiss para que el diafragma pudiera abrirse hasta f0.7, es decir, para que le pudiera entrar una cantidad de luz mayor a las posibilidades de la óptica humana. Esta adaptación, además del trabajo fotoquímico sobre el negativo, le imprimió a la película un tono y brillo especiales y deslumbrantes, que con otro contenido hoy pueden ser interpretados dentro de la estética Camp, pero que funcionan perfectamente en la representación de un ambiente barroco, cargado de una ostentosidad tan innecesaria como la nobleza misma.

Asimismo, como en toda la filmografía de Kubrick, las piezas musicales de los clásicos determinan al montaje en una medida muy adecuada a las miserias y modos aristocráticos, guiándonos por los recovecos del dolor ante la muerte, del desenmascaramiento, la vergüenza y el enamoramiento urgente. Destacan majestuosamente el trío Opus 100 de Schubert y el Saraband de Händel, que juega como otro leitmotiv, reiterándose en versiones de distintos instrumentos de cuerda.

La obra final no es menos completa que cada una de las películas que componen la filmografía de Kubrick. De la obsesión y carácter maniático del director se ha dicho tanto como sobre sus obras cumbres. Habría que sacudirse de las imágenes fetichizadas de un Alex de Large recibiendo el tratamiento Ludovico o de un Jack Torrance derribando a hachazos la puerta del hotel, para ingresar a la atmósfera –a la vez íntima y coral- de esta narración. Aventura, triunfo y decadencia son los movimientos de esta sucesión moral en la Europa de hace tres siglos, elevada a una épica individual por el merecidamente respetado Stanley Kubrick.

 

Por D. Antich

Equipo Cine Club Universidad de Chile

2013



Todos Los Drugos El Drugo

8 05 2013

Como pocas, A Clockwork Orange (1971) es una obra que desde su concepción como novela y consagración como filme, proyecta hasta nuestros días un infinito  imaginario de conceptos e hitos, con más de 40 años encima.

Después de hacer 2001: A Space Odyssey (1968), considerada por muchos como la catedral definitiva de la Ciencia Ficción, Kubrick, fiel a sí mismo,  no escatimó en reinventarse y lo que es más importante -sobre todo para las películas de este ciclo- su principal referente pasó a ser él mismo. Miremos este quiebre, este camino, como la definición de un discurso, la solidificación total de un paradigma autoral del pensamiento, aspecto que mantuvo a Kubrick activo hasta su muerte -tampoco alejada de incógnitas- en 1999.

Con A Clockwork Orange  hablamos de la vanguardia en sí, el núcleo discurso-concepto-estética adaptado al antojo de Kubrick, quien para algunos (incluso para Anthony Burguess, autor de la novela en 1960) usó y abusó del libro. Pero, ¿donde está lo malo?

Kubrick fue capaz de captar las estructuras, códigos e ironías que conforman la diégesis de la novela. Con el tiempo toda la película estaba dentro de su cabeza y solo debía tomar los medios para moldearla, transformarla a través de un monumental y visionario discurso sobre el mundo moderno. Sin mencionar el trabajo semántico sobre la cámara y el sonido, desde el arte -que la coronó como icono estético de una generación- la fotografía, el diseño sonoro de música y diálogos, todo bajo un magnífico montaje. En Kubrick siempre hay un “todo lo contrario”, una trampa que abarca toda la realización: símbolos, sonidos, objetos y palabras puestas como piezas de ajedrez a favor de un dialecto del engaño.

Quizás será el ego de Alex en su violento escupir al mundo con el cual Kubrick empatizó y en el que incluso vio su reflejo. El solitario antihéroe ermitaño que miraba al mundo desde su ojo, dueño de su mundo, dios de todo.

 Kubrick actuó curiosamente fiel a su tiempo pero fuera de todo alcance para la época. Pasó -en Odisea– desde el lento viaje del universo a la inconsecuente velocidad del hombre moderno y sus prioridades materiales en la tierra, un proceso interno que vivía  totalmente alejado de los medios y enemigo de la sobreexposición pública.

Podemos observar que para Kubrick, más allá de la acalorada opinión de los medios sobre lo escandaloso de la película, su realización y estreno comprende un exterminio completo a la industria que le otorgó todo el tiempo y la libertad creativa pero menos el reconocimiento. Este desamparo le hizo víctima de una acusación pública sobre estimulación y provocación de la violencia –incluso culpable de algunos crímenes inspirados en la película- lo cual mantuvo a Kubrick en un encierro.

Kubrick no estaba solo, estaba aparte, sabiendo de sobra lo que vendría. Calculándolo todo.

La película con el paso del tiempo se transformo en uno de los pilares del Culto Cinéfilo y aunque mutada lamentablemente en un cliché posmoderno, acercó a muchos jóvenes  -me incluyo-  hacia la realización. A La Naranja debemos estudiarla y valorarla, desechando ese aplastamiento de la moda. Las películas son el Gran Fuego al cual nos sentamos a fluir y en cada visionado se hace evidente el objetivo social de esta película: una abertura, una violación a los convencionalismos del cine.

Es muy sabido que Anthony Burguess se manifestó molesto únicamente por la omisión del último capítulo de la novela por lo cual culpó al editor americano, sin embargo,  Kubrick no era un conformista y es muy comentada la posibilidad (casi obvia) de que él decidió no tomar el final. Tal vez tenía fe en la raza humana. Quizá el último capitulo nos lo dejó para ser completado, mirándonos, hablándonos, exprimiendo todo el jugo. Durante lo que nos quede de vida.

Los invitamos a adentrarse en una de las mentes más enigmáticas del siglo XX, mucho mas allá del cine. Un pilar de universal, un realizador colosal y vivo en nuestra era.

Viddy Well, Little Brothers, Viddy Well

 

Matías Valdivia Mondaca

Estudiante de Cine y TV

Equipo Cine Club Universidad de Chile

Mayo 2013






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