La poesía en el Maule

15 11 2012

Más allá de las conocidas reyertas entre los grandes escritores, existe una dimensión determinante en la poesía chilena, muchas veces vuelta fetiche pero pocas investigada. Es la influencia de la geografía regional en la literatura, en particular, en la poesía. Se habla bastante de los valles mistralianos de Coquimbo, de la poesía lárica de Teillier en La Frontera, de la infancia temucana y ferroviaria de Neruda. Pero tan olvidadas para la historia oficial como el mismísimo Pablo de Rokha son las provincias centrales del Maule, que alimentaron siempre su telúrica poesía. Igualmente marginada, la capital regional, Talca, en cuyo Liceo de Hombres surgió el movimiento surrealista La Mandrágora, de la mano de Enrique Gómez Correa, Braulio Arenas y Teófilo Cid.

Estos dos documentales de Eduardo Bravo que presentamos, coinciden en la necesidad de devolverle a la provincia su importancia en la poesía chilena: en la obra rokhiana, por una parte, y en la corta vida de un embrionario surrealismo criollo, por otra. Para ello, ambas se valen mayoritariamente de entrevistas a críticos, investigadores y familiares, que van armando las historias de manera fragmentaria, junto a algunos ejercicios interesantes donde la cámara busca una subjetividad poética y donde la música juega a favor otro tanto, sin grandes ambiciones.

Las lecturas de algunos versos del “Canto del macho anciano” y de la “Epopeya de las bebidas y comidas de Chile” en la profunda y polvorienta voz de Pablo de Rokha, hacen emerger las contradicciones que su figura ha alcanzado en la actualidad: el mito de un padre violento, que tenía enemigos en cada esquina. Sus amigos y su hija Lucó lo recuerdan con ternura y melancolía, pero siempre con la talla enorme del “hombre que rompe su época / y arrasándola le da categoría y régimen / pero queda hecho pedazos y a la expectativa”, como él mismo escribió, y que de todos modos, descubren la falsa veneración, los miserables elogios póstumos que rallan en lo patético, como el hecho de que su escultura en Licantén esté hecha de madera. Una Rokha de madera.

Destacable resulta la presencia de Gonzalo Rojas en ambas piezas. Sin embargo, no son éstas apariciones afortunadas, puesto que el poeta a quien se le asocia en su primera etapa con el surrealismo pero que rápidamente viró hacia un simbolismo de alto podio, considera que el legado de Pablo de Rokha en la actualidad es muy valorado, que los jóvenes le conocen y le admiran, cuestión que contrasta ferozmente con todos los otros testimonios, quienes reconocen que ha habido una revaloración de su obra, pero que aún es muy marginal y siempre a la sombra de los tres mayores. Asimismo, Rojas, frente a un vaso de vino que nunca merma, señala con un tono eurocéntrico y muy despreciativo, que el surrealismo de La Mandrágora era servil y cosa de niños, que el Piduco ni el Mapocho pueden asimilarse al Sena, donde realmente el surrealismo removía las estructuras del arte convencional.

Lo cierto es que La Mandrágora marcó un hito, sobre todo en la muy conservadora y clerical ciudad de Talca, fundamental también en la obra de Pablo de Rokha, porque constituye un punto de encuentro entre el campo salvaje y la modernidad citadina, como pensaba despectivamente Domingo Faustino Sarmiento: entre la civilización y la barbarie.

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