La fiesta del Chivo

28 06 2012

Parece inevitable que una observación atenta a la película La Fiesta del Chivo (2005, dir. Luis Llosa), nos devuelva inmediatamente a preguntarnos por su origen, tanto en términos de la idea original como de sus condiciones de producción. Al respecto, estamos frente a una co-producción dominicana-española-inglesa, basada en el best-seller de un escritor peruano, dirigida por el sobrino de este – y cuya carrera la ha realizado principalmente en EEUU -, y cuyo reparto incluye actores estadounidenses, italianos, británicos, argentinos, puertorriqueños, y casi ninguno dominicano. Una posible pregunta que podríamos hacernos, en vista de estas condiciones particulares de producción, es: ¿qué es lo dominicano en la película? Claro, está ambientado en República Dominicana, y la historia que relata la novela tiene estrecha relación con la historia del país. Más allá de eso: ¿cuáles son las razones que nos permiten avalar la condición de la película como “obra dominicana”?

Las preguntas formuladas son capciosas, y pretenden llevar la reflexión al cuestionamiento del lugar que enlaza una obra artística con un espacio geopolítico determinado. Cuando hablamos de que ninguna obra surge de la nada, no solamente nos referimos a sus condiciones de producción – quienes financian y entregan el equipo técnico y humano -, sino que apuntamos a la relación que establece con una historia colectiva, con un pasado histórico, político y social que la define; y que define no la trama, sino el “sentido” de la representación que tejen las imágenes. Considerando estas articulaciones, La Fiesta del Chivo constituye un ejercicio de cine comercial que intenta escenificar la idea de que cuando la historia colectiva ha sido escrita a fuego y con sangre, no se puede escapar de ella aunque el individuo pretenda lo contrario; y a la hora de enfrentar a sus fantasmas, no encontrará sino cenizas que nunca logrará limpiar. Lavar la sangre en tu cuerpo, requiere limpiar todas las lágrimas derramadas por todos los cuerpos dañados.

El régimen de Rafael Leónidas Trujillo, conocido solamente como “La Era”, constituye la marca más perenne en la historia del pueblo dominicano. Y es, en ese sentido, el lugar desde el cual se articula su temporalidad, como un “no-olvidar” constante, cuyo acto de recordar suspende pero a la vez devuelve la imagen de la catástrofe. A pesar del progreso económico durante“La Era”, la sangre derramada no olvida las causas que llevaron a su coagulación, desde la que surgen las estatuas que observan el mar del Caribe.

Tanto en el libro como en la película, la pretensión que moviliza la representación es la de dramatizar la crisis histórica de un pueblo. Donde deja una deuda – al menos en la película – es precisamente en la pretensión de “dramatizar” la catástrofe desde convenciones estilísticas que no producen identidad ni conmoción. La crisis-historia, por tanto, resulta un pre-texto, una suerte de depósito de imágenes socializadas que no responden a la necesidad de traspasar sus propios límites. En ese sentido, una reflexión sobre la crisis histórica, es una tensión sobre las formas que pretenden representar el quiebre. Y ahí se ubicaría la espiral sobre la cual aparece, ahogada y desesperada, la faz del pueblo dominicano. La identidad, paradójicamente, se establece en las contradicciones de su constitución.

Guillermo Jarpa

Equipo Cineclub

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Una respuesta a “La fiesta del Chivo”

29 06 2012
chamastios (00:57:59) :

esta crítica expresa mucho de lo que sentí cuando vi la película y no pude identificarme con la trama ni con los personajes, en tanto su representación era extranjerizante

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