En la “Pocilga”

30 05 2012

Un terreno árido y escarpado, parecido a la ladera de un volcán. Es la Edad Media. Un solitario joven caza mariposas y culebras para alimentarse, esto hasta que mata a un hombre y prueba su carne, lo que lo lleva a continuar cazando humanos. Por otro lado, una fastuosa casa en Alemania a finales de los ‘60. Bien podría decirse que es un palacio, con largos pasillos y grandes jardines. Ahí vive otro joven, Julian, quien ha pasado los últimos años inmerso en un ostracismo, no siendo un hijo obediente, ni desobediente, como dice el señor Kotz, su padre. Lo único que parece motivarle es el secreto y cada vez más fascinante amor que siente hacia los cerdos que hay en la pocilga de la finca.

Antropofagia y zoofilia han sido a lo largo de la historia tabúes, pecados o delitos en la sociedad occidental, “lugares” incómodos que es mejor no tocar demasiado, pero que Pasolini nos fuerza a visitar, o más bien a ver cómo es que sus personajes los viven. Ellos no parecen tener otra preocupación que no sea su placer. Una vez que se les ha revelado, ya no hay nada que los saque de ello, tal como lo dice el joven caníbal: “He matado a mi padre, he comido carne humana y me estremezco de alegría”. Un sentido parecido es el que le imprime a sus palabras Julian cuando lo dice a Ida, quien se perfila como su prometida, que prefiere quedarse en casa a hacer algo que nunca le revelará, antes que ir a protestar al Muro de Berlín (estando en el lado oeste), todo en medio del clima de revoluciones juveniles que sacudieron Europa a finales de la referida década.

 

Julian sabe que los suyo no será aceptado, que probablemente provocaría repulsión en Ida si llegase a saberlo, pero también es un hecho que los trabajadores de la hacienda algo intuyen, como también su padre. Saben que hay algo extraño en las constantes visitas del joven a la pocilga. Por otra parte, el protagonista de la otra historia termina siendo condenado por comer carne humana, y ante la posibilidad de arrepentirse para “morir en paz”, la desecha y dice la frase antes señalada, que por lo demás es la única que pronuncia en toda la historia. Posteriormente es amarrado al suelo para que sea despedazado y comido vivo por los perros, tal como le ocurre a Julian, que en una confusa situación es devorado por los cerdos, tal vez en un intento por llevar su fascinación a un nivel sublime, a su máxima expresión.

 

Ciertamente ambas historias resultan difíciles de entender o descifrar, y, como es de esperar, debiese existir algún nexo entre ambas, alguna complementación (quizás el único nexo tangible es la aparición del personaje de un campesino italiano que trabaja con los Kotz y que también está en la historia del medioevo, aunque vistiendo una chaqueta y jeans, por lo que su presencia resulta anacrónica). Ahora bien, la relación que queda más a la vista es el tabú y la fascinación por él. Cabrá preguntarse, o cuestionarse, si hay un gusto en la acción en sí misma, o si acaso  precisamente su condición de tabú es lo que fascina, en una suerte de revelación contra el orden establecido.

 

En dicho sentido, no puede obviarse el hecho que el padre de Julian tiene simpatías por el nazismo y una nostalgia por la Alemania de Hitler, ello sin mencionar el hecho de que su apariencia recuerda bastante al Führer. Desde ese punto de vista, y considerando las relaciones antisemitas que se han hecho entre los judíos y los cerdos (como el “Judensau”, originado en la Edad Media), o bien las que hace a modo de broma el señor Kotz cuando conversa con el señor Herdhitze, criminal Nazi y su rival empresarial, podría especularse que la fascinación de Julian es una forma (tal vez inconsciente)de ir contra su padre, no de una manera directa, sino simbólica si se quiere.

Del mismo modo, Julian también se revelará a lo que se espera de él como joven en dicho momento histórico de Europa. Definirse como un “conformista-revolucionario” provocará la recriminación de Ida, cuestión que no afecta mayormente a Julian, que si sitúa más allá de las dualidades que rigen su mundo, y que probablemente es conciente de la contradicción que implica que jóvenes burgueses intenten llevar adelante la revolución, cuestión que el mismo Pasolini criticó o al menos vio con cierta extrañeza. Por otra parte, podría decirse que el joven caníbal se revela ante el poder cristiano de una manera un tanto particular, si uno se esfuerza por encontrar alguna mínima lógica, dado que decanta por un canibalismo literal, al contrario de la cristiandad, y más específicamente el catolicismo, que lleva a cabo uno de tipo simbólico, el consumir el cuerpo y la sangre de Cristo.

Ambos terminan usando los elementos del poder y en cierto modo los subvierten, o son conscientes de las contradicciones del mismo, teniendo al cuerpo y el sexo como los elementos principales a través de los cuales materializarlo. No obstante, también cabe la posibilidad que ésta sea sólo una interpretación más de las muchas que pueden hacerse de esta película y que no se acerque demasiado a las reales intenciones del autor. Pero de algo sí se puede estar un poco más seguro, y es que el film sin duda provoca, ya sea por su forma, los diálogos, como por el hecho de que fuerza a pensar qué es lo que se quiere decir con todo esto. No se puede salir indiferente ante lo visto, terminas con más preguntas que respuestas. Y en verdad a eso debiese aspirar un film, a no ser un lugar cómodo.

Carlos Molina González.

Equipo CineClub

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