Periferia, política y cine

24 04 2012

La gente sale a las calles, se apodera de su derecho a la manifestación, reflexiona y opina, cuestiona y no se conforma con un estado impuesto. El Chile de hoy no es el mismo de hace veinte años, y su cine parece envuelto en un tapiz de complacencia. Aún no hay películas que duelan, que sufran lo que sufre la ciudadanía que no tiene choferes, cargos o escritorios, que su firma no sirve sino para los retails y su apellido no lo posiciona en cargos públicos ni en reuniones. El cine chileno contemporáneo, que no parece hacerse cargo de su contexto solo se permite mirarse a si mismo, instala una lógica tan neoliberal como absurda, replicando cánones pseudo progresistas como la sexualidad, antiguos imaginarios de izquierda, ecología o educación pública Aún así, son cineastas que se escandalizan con el cuerpo, ejercicio político radical sobre la sociedad y la concepción del otro, aquello que daña tanto al individualismo.

 “Hardcore”, segundo largometraje de Susana Díaz se instala en un reducto clandestino, indómito y periférico como es la traducción de la música como fenómeno cultural y político, valiéndose de una de las corrientes mas desconocidas en el país como los primeros años de una tendencia conocida como el Hardcore, música violenta como el contexto en que vive gran parte de sus cultores, que ha recibido lo que el sistema propone que no es sino la perpetuidad de los aspectos mas sombríos del capitalismo.

Susana Díaz es una cineasta ejemplificadora. Ha dejado de lado la naïf posición de cineasta para enfrentarse a la documentación de los movimientos sociales y las manifestaciones culturales populares desde la música. Su valor es precisamente ese, el de tener la sensibilidad para ver a sus pares y entender que las historias mínimas son efectivamente parte de la consitución de un sentido de lo colectivo y de la pertenencia. Por ello, “Hardcore” no es un documental musical ni una película sobre bandas, sino que el registro de la manifestación de los pueblos, sus gritos que de no ser por películas como estas quedarían agotados en su propia existencia. Documentales de esta línea, y en particular éste, propone una lectura de un Chile distinto, alejado de las oligárquicas formas narrativas que no hacen sino suponer una permanente lucha de clases en cuanto a lenguaje y narración. “Hardocre” se sitúa en un punto sutil entre el cariño por un grupo humano como por la molestia del cine contemporáneo, lo que hace que su honestidad forme parte de la narración como recurso y no como intención. La reflexión del cine que hacemos los chilenos parece trastocarse con esta película, en su humildad y su forma  cálida de ver al otro, digo ejemplo para producciones pomposas que consiguen tan poco en comparación a este film, que si consigue mucho.

 Equipo Cine Club

 

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