El Muro de la Memoria

19 04 2012

La historia de nuestro país tiene muchas edades. Cada una de ellas divida no sólo por un muro, sino muchos. ¿El de esta película en particular? Difícil de descifrar, pero me aventuraré a decir que es el Gran Muro de la Memoria.

 

Este falso documental (o sátira documental, básicamente por ese lado va) nos habla específicamente de aquel muro construido por y para los héroes, un grupo de habitantes de Santiago que, a través de una mediocre satisfacción, aceptan el honor de ser retratados en el tiempo mediante la imposición de sus manos. Los héroes cotidianos inmortalizados, un homenaje a la materialidad de su existencia, sus nombres, sus huellas dactilares para el futuro. Pero bastó que la institución los asesinara (literalmente) para ser olvidados. Porque esta vez su muerte sería un error y no una causa noble y justa, su muerte sería por fallas tecnológicas, por errores “humanos”, errores de alambres, problemas con la electricidad.

Increíble que con sólo esta pieza de 2009 se pueda recordar lo sucedido en 2010 con el terremoto de febrero, el accidente del CASA 212 de la FACH al año siguiente, el accidente de los 33 mineros, los estudiantes en huelga de hambre por la educación gratuita y Daniel Zamudio este 2012. Héroes, mártires, luchadores de lo cotidiano, la figura del héroe humanizada, porque de lo divino que pensaban los griegos, poco queda.  ¿Y para qué? Para construir sobre ellos edificios inmobiliarios, para conversar sobre la farándula a media tarde, para seguir viviendo con la satisfacción que alguien alguna vez hizo algo por su país, y ni siquiera fue lo suficientemente trascendental para ser recordado.  O aun más radical: porque alguna vez los héroes lucharon por ideales, por defender sus creencias. Hoy son héroes aquellos a los que la institución les ha caído encima, el discurso hegemónico y los valores de esta sociedad los han masticado y regurgitado para elevarle altares y ceremonias fúnebres, que junto con los desperdicios y las flores pisoteadas tras las marchas, son arrojadas al olvido.

 

Chile y su sociedad terriblemente cómoda, amnésica, mediocre. Y un arte que está constantemente en torno a la pregunta de la memoria, golpeando este muro con los puños, con los pies, con la cabeza si es necesario, a ver si con toda esa provocación se logra algo. “Hay que olvidar” señala en la comodidad de su hogar uno de los personajes de Héctor Morales, para luego frente al muro decir “Yo no olvido, no hay que olvidar”. Tratamos de convencernos frente a los monumentos del recuerdo, frente a este gran muro que tenemos que permanecer conscientes, que frente a la opresión se nos dijo alguna vez, debíamos ser reaccionarios. Pero para qué, si en la comodidad de nuestros hogares, en la individualidad nos consolamos sabiendo que otro podrá recordar, que otro luchará por nosotros, nos liberará y será todo mejor, pero por mientras, me aseguro el pan, la luz, el agua, el techo, la salud. Que otros recuerden que estoy mal, como ellos, ¿yo? Yo estoy muy cansado para luchar. Que vengan los héroes y los artistas, ellos nos dirán que nada está bien.

Equipo Cine Club

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