La escritora que escribió demás

12 04 2012

 A Matilde Ladrón de Guevara, una mujer fuerte e influyente de múltiples maneras en nuestro país y el extranjero (desde su belleza física e intelectual, hasta en su rebeldía y sus letras) su nieta le pregunta franca y directamente si ha vivido lo suficiente.

Sin importar siquiera la relevancia de su figura ni la posibilidad que abre el dispositivo del audiovisual para revelar con elocuencia alguna frase ingeniosa o inmortalizar sus últimos días con gracia y soltura, se remite a la honestidad que por más de 90 años la ha caracterizado y responde con dos declaraciones que se tornan esenciales para el curso de este breve documental.

La primera de ellas dice “(…) Pienso que debo haberme muerto hace tanto tiempo… y no me he muerto”.

 

La escritora enuncia la soledad que le significó haberlo dicho todo en su vida y que trajo consigo el aislamiento casi total del mundo (incluso de su familia). Su carácter, su imposibilidad a estas alturas de valerse por sí misma, las distancias, todo volcándose en la preocupación de Matilde por siquiera tener de qué hablar en sus últimos momentos con su nieta incluso cuando no recuerda nada. “Con la mente en blanco” como ella se refiere, consciente siempre de su apariencia, extrañando su figura y su inmadurez. Considerada adelantada a su tiempo, Matilde piensa que debía haberse muerto antes, porque ya no tiene qué recordar. Está todo dicho, todo retratado, resguardado, material.

 Por otro lado, confiesa que “Cree haber escrito demás”, porque de esa manera su trabajo sería codiciado. Como si se tratara de una pieza única, la obra maestra, aquel estigma que rodea la creatividad del autor, entregando la posibilidad a las piezas que le siguen de irse al olvido, escondidas en la sombra de la primogénita. Dice entonces que “no le faltaron cosas por escribir, sino le sobraron”.

 Matilde siempre escribió desde la experiencia, es así como ella definió su literatura, es así como ella nunca se separó de sus letras; si escribía era porque pensaba y sentía en ellas, porque era la única forma de encontrarse y ser encontrada.

 

¿Por qué habría de extrañarse? A sus 99 años, la soledad parecía ser mucho más de todo cuanto vivió, porque ya no podía hablar si todo estaba escrito. Había vivido demasiado, y tan siquiera podía recordar algunos nombres.

Rodeada de fotos en su hogar, de recortes del diario, de vestidos y cuadros, de cosas que le costaron “una fortuna” conseguir. Ahora tenía a su nieta, rescatando en breves minutos los días que podía entregar a su memoria, inmortalizando a quien se declaraba una mujer fotogénica, que en silencio sólo su retrato bastaba para representarla completa. Sus pensamientos ya estaban resguardados, están los libros, su poesía, sus crónicas, sus cartas. Faltaba el soporte que pudiera en el tiempo sin degradarse encontrarla en el silencio, en el tamborileo de sus dedos inquietos sobre la mesa, en el gemido constante que emitía mientras hilaba ideas, en la música que la acompaña durante 30 minutos de documental, piezas compuestas por su amante.

 “Días Con Matilde”, como si fuesen “Días para Matilde”,  ensimismada esperando la muerte que le persiguió en silencio, en la rabia de permanecer solitaria. En la alegría de devolver la mirada tras dos años de ausencia, para un último recuerdo íntimo y tranquilo.

Equipo Cine Club

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