Memoria e identidad

10 12 2011

Por Luis Horta
Equipo Cine Club

En un momento del documental “Antofagasta, el Hollywood de Sudamérica”, aparecen ante nuestros ojos algunos luminosos instantes de lo único que ha podido sobrevivir de todo el cine realizado en aquella ciudad en los años veinte. Son imágenes mágicas, con un montaje acelerado, con primeros planos de personas que hoy vuelven a aparecer como imágenes, como gestos grotescos, desencajados, representando una violenta escena de un film de Alberto Santana, pionero del cine sudamericano e invisibilizado por los cánones que ha instalado otra historia oficial.

Hace algunas horas hablaba con una amiga de cómo las elites han, primero, prejuiciado el espectáculo y el humor, para luego releerlo incluso sustentando carreras académicas que solo se fundamentan en adjetivos y curiosos artilugios que no dicen nada con muchas palabras. La historia de nuestro cine es la que han intentado contar aquellos que no la conocen, mientras que nuestros maestros, nuestros historiadores, han quedado supeditados a una cita, un copy&paste. Así, la obra de Carlos Ossa Coo, de Jacqueline Mouesca, de Eliana Jara, de Mario Godoy, de Kerry Oñate ha quedado relegada por una academia que no sabe sino releer aquello que ya ha sido leído.

¿Cuántos cineastas, técnicos, actores o películas hoy son invisibles a causa de los poderes dominantes, que instalan lecturas unilaterales, viles ejercicios de poder para sustentar un prisma de lo que es el arte nacional? Tal como la épica de estos entusiastas, que sin mas herramientas que el deseo de cambiarlo todo teniendo poco, hoy nos enfrentamos como sociedad a lecturas jerárquicas del arte, miradas pequeñoburguesas que han relegado el “alto arte” del supuesto espectáculo de masas. Así, una mirada pobre sobre nuestra historia, reductivista y capitalista en su entender de la creación, hablará solamente del cine de los años sesenta, despojándolo de toda su carga subversiva y añadiéndole lecturas que en su complejización no hacen sino definitivamente ubicarlas en un espacio alejado de la concepción original de aquellas piezas: su carácter pedagógico de las masas analfabetas en términos de cultura. Hoy, a casi cien años de filmadas estas imágenes que aparecen en el documental, encontramos un panorama similar. La preocupación por el rescate de nuestra identidad se limita a las subvenciones, pero no a las estrategias. Hoy, de la misma forma en que las películas eran obviadas como canales culturales y puentes sociales en el periodo mudo, el nuevo cine digital está destinado a desaparecer entre códigos binarios que surcan el espacio digital sin que nadie escuche las voces que claman apoyo para resguardarlos.

“Antofagasta, el Hollywood de Sudamérica” es una película sobre la imagen. Sobre como, a partir de la memoria oral, el pasado irremediablemente desaparecido vuelve a ser imagen. Y así, a su vez, cuerpo social, donde sujetos pueden volver a encontrarse con su raíz y su génesis, peor a la vez plantea la dicotomía de la salvaguarda de un espacio irremediablemente perdido. Así, la porfía por legar a las futuras generaciones una historia mínima, pero épica, significa enfrentar de frente la violenta irrupción del capital que se apodera de la memoria y la subvierte como elemento de consumo. Las historias plasmadas en el cine chileno hace ya cien años atrás constituyen parte de una lectura de nuestra sociedad que no aparece en memoria chilena o en pequeñas instancias que solo contribuyen a perpetuar el desconocimiento, el lugar común o el cliché arquetípico sobre nuestra memoria. Así, han quedado relegados no solo actores culturales, sino sociales. ¿Qué adolescente recibe en sus clases lectivas del liceo la historia y legado de Clotario Blest, de Luis Emilio Recabarren, de Pedro Sienna, de Pablo de Rokha, Juan Emar? ¿Por qué se ha invisibilizado la obra de cineastas como Luis Cornejo, Fernando Bellet, Edmundo Urrutia o Fernando Balmaceda?  ¿Por qué algunos centros culturales muestran películas de la Universidad de Chile, omitiendo que son de esta casa de estudios?, ¿Por qué aún los expertos ocultan los resultados de la historiadora Eliana Jara, que dio con los datos de reconstrucción de la prehistoria de nuestro cine en 1898?

Exhibir el documental de Adriana Zuanic es un acto que trata de resarcir una complacencia que indigna, un silencio que duele no por esta generación, sino por las siguientes que no podrían conocer su historia si no es por películas como esta. Hace exactamente un año atrás, exhibíamos en Cine Club el film “Los Puños Frente al cañón” de Orlando Lübbert y Gastón Ancelovici. Hoy lo hacemos con la última película de una cineasta que ha partido. En ambos casos, el ejercicio de la memoria nos conmueve, nos duele, nos hace lamentar lo perdido. Pero nos pone expectantes, por que al saber que existen voluntades, también habrá voluntades para cambiar un sistema perverso ahistórico y subyugado al poder.

El cine es horizonte en una sociedad que busca deshacerse del yugo de la desinformación, y nuestro Cine Club cierra sus actividades 2011 anteponiendo la memoria ante la hostilidad de un sistema que parece paulatinamente caerse. Es demostrar la buena fe que hay tras un proyecto académico que no busca sino formar hombres nuevos.

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