Un viaje hacia historias diferentes

23 11 2011

Por Camila Pruzzo
Equipo Cineclub

Muchas veces afirmamos que la experiencia de ver películas es básicamente la realización de un viaje. Un viaje personal hacia un mundo que se ha construido en el lenguaje cinematográfico, un viaje hacia la inconsciencia del cuerpo y el contrato con la historia que se desarrollará, que con el compromiso de no decirnos la verdad sino aquella que se crea en la película, nos dispondrá de algún modo para reaccionar en memoria de lo acontecido en la pantalla, relacionando el presente en que nos encontramos con lo vivido luego de este viaje.

Si hacemos el ejercicio, muchos de los relatos y mitos tienen en su haber la visita de un extranjero, un personaje foráneo que llega para desordenar la vida de los habitantes de alguna pequeña región (porque claramente en las ciudades el provinciano pareciese corromperse, perdiéndose entre la masa gris que transita las avenidas y autopistas). El mito también es fundado como la justificación de una muerte, de donde deviene la idea del viaje no sólo como la trayectoria de un personaje a través de salvajes poblados, sino como la transformación de su carácter a partir del fallecimiento, el viaje espiritual. El viaje devela la construcción de la pequeña historia, aquella cuyo centro es lo cotidiano, cambiando con su presencia el valor que el paisaje tenía antes de su llegada o bien los acontecimientos tras la partida de un habitante del pueblo.

Así, el cine ha contribuido en la creación de un imaginario colectivo donde las provincias serían algo así como la cuna del “realismo mágico criollo”, en donde la región se instala como el centro de las fábulas y los mitos fundacionales, lejos del olvido y la urbe del Gran Santiago. Realismo mágico que por cierto, comienza a fundirse (y a veces a deshacerse) con la llegada del progreso y los cambios políticos en las regiones, en la construcción de lugares de paso, o los llamados no lugares, como las paradas de buses, estaciones de trenes, mercados, caminos, en fin, aquellos espacios creados para ser transitados sin otro objeto. El viaje de un poblado entero a través de los años y su progreso tecnológico.

De esta manera he querido referirme a los dos trabajos de los que usted será testigo; Queso Pimentón de Fernando Lavanderos, como la contemplación de un breve instante (pero decisivo) en la vida de dos personajes, quienes habitan un lugar que no debería ser habitado, sino transitado. Y El Tesoro del Cráneo de Raúl Peralta Mortis, donde la historia está definida por el paso del tiempo, la entrada y salida de personajes dentro del relato, el mito y la muerte como hecho fundacional, cambiando el rumbo de la que podría haber sido otra historia, otras vidas, simplemente un viaje con un destino totalmente diferente.

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Una respuesta a “Un viaje hacia historias diferentes”

24 11 2011
Nochi (08:53:17) :

Que linda iniciativa de intentar definir la experiencia vivida por el “espectador”. Lo de un viaje, un viaje espiritual, a traves de un relato me parece acertado, a condición de que el relato reuna las condiciones de ser un “buen” relato.
Sin embargo sigo creyendo que una historia debería tener una ambición universal. En este caso, la experiencia sería la misma, equivalente, en un espectador capitalino, provincial, regional…del mundo entero. Fernando Lavandero ya nos había dado una muestra en “Y la vacas vuelan”, un historia simple, pero llena de vida y de emociones.

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