Patricio Henríquez y los ejercicios de la memoria

8 10 2011

Por Luis Horta
Equipo Cineclub

Olvidado, oculto, relegado. El cine de Patricio Henríquez es la metáfora más evidente de lo que ha sido nuestra propia historia, aquella que aún no se enfrenta con el presente que pesaroso cae sobre nuestros hombros. Henríquez no volvió a Chile, se exilió de la misma manera en que dejaron afuera al “otro país”, aquel que no se regía por la plusvalía ni por la adicción a las casas comerciales o los pagos a largo plazo.

Aún así, Patricio Henríquez ha sabido enfocar su cámara en los problemas concretos de una ciudad, de un país, de un dolor: cuando algo se lo tiene tan cerca, no se hace nítido, pero si se mira desde lejos, se puede ver en su esplendor o en su dramatismo. Así, aparece en sus películas ese Chile desmemoriado, violento, que aún cubre sus ojos ante los muertos que el mar nunca devolvió, que niega las evidentes heridas en los cuerpos, que no hacen sino reafirmar que este es un país de desaparecidos, porque ninguno de nosotros aparecerá hasta que nuestro dolor sea compadecido por el otro, hasta que nuestra piel se cubra de espanto y de calidez, y que ésta pueda generar un tiempo que en su impúdica contradicción se acoja a la espera de miles de familias que ya no saben si la incertidumbre es parte de la vida o de la culpa.

Traer a Chile una retrospectiva de un cineasta chileno es una exquisita contradicción de nuestra idiosincrasia, aquella que hoy día se devela desesperada en el calmo sudor de avanzar en un sistema nauseabundo que nadie eligió o que nadie quiere cambiar. Es develar ante nuestros ojos la documentación rigurosa de cuerpos tristes que sin aparecer se esparcen aún por las calles sin historia, justificando y asertivamente develando lo peor de nuestro hoy, sumiendo así al país en el amarillento olor a gas lacrimógeno nacional que se perpetúa como se perpetúan las plagas nauseabundas.

La mirada tras los documentales de Patricio Henríquez es la de la esperanza. A través del horror surge el hombre, aquel que es capaz de ser violento con la palabra e inofensivo con una piedra, aquel que se oculta para poder ser visto, aquel que supera el dolor de la tortura para prolongarse ya no en su vanidad ni en su mito, sino más bien en el avasallador anhelo de un hombre libre, sujeto a su destino como se sujeta a la vida tras ser humillado, denigrado por sus pares. Cada obra de Henríquez tiene la subjetividad de la esperanza, de remover la conciencia para que el dolor se transforme en los pilares sólidos que significa crear una sociedad moderna que no aparece en televisión, la misma televisión que ha cerrado sus puertas en general para el documentalismo local.

Revisar la obra de uno de los cineastas chilenos mas premiados fuera de nuestro país no es solo un modesto acto de justicia. Es el reconocimiento a las miradas humanistas que colman nuestro cine, miradas que son capaces de hacer lo que es necesario y no lo que la vanidad impone. Así, el cine de Patricio Henríquez no es sino la expresión más clara de un cine necesario, urgente, valioso, y el cual seguirá existiendo en generaciones posteriores como el documento testimonial más cercano al cuerpo de nuestra nación.

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