La soledad… y diga ¡whisky!

18 08 2011

Por José Cuevas
Equipo Cineclub

Comienza el día: Saludar, caminar en dirección al trabajo, ir la universidad; conversar, tomar el metro; negociar, jugar, bailar, hacer costuras, producir mercancías; escapar en un viaje fortuito y sin muchas expectativas que solo seguir viviendo.

En algunas etapas de la vida podemos sentirnos solos estando en compañía. Esa carencia que nos angustia a momentos, pero que a la vez es liberadora… “qué lindo día”, dice el ermitaño, del cual especulamos que podría ser feliz en sus soledad. O quizás, qué desdicha la nuestra, la de vivir en una ciudad de millones sin poder salir de la rutina impuesta por el sistema económico imperante desde antes que naciéramos: que nos aisla, que nos atomiza.

Secuencias de acciones que bordean la lógica matemática. Cuántos ”buenos días Don Jacobo, o Marta, o X persona” podemos decir y re-conocer en ellos, el mismo estado de ánimo. Qué pequeños cambios son necesarios para percibir la misma acción de forma diferente. Miradas extraviadas en algún remoto lugar de ensueño que se escapan por las ventanas del transporte público: el placer de re-cordar y escapar por instantes del presente.

Con un lenguaje cinematográfico austero y montaje matemático, la repetición de las acciones del día a día. Una representación de los esquemas estructurales de vida de los personajes principales del film, Don Jacobo y Marta, quienes se ven enfrentados a una nueva situación en sus vidas: escapar de lo cotidiano y disfrutar de los momentos de goce que les brinda esta cómica simulación de casados.

Conversaciones triviales, rutinarias y funcionales que son parte de la carencia del hombre de cortinas metálicas; de estructuras de hormigón que se erigen hacia los cielos grisáceos; de movimientos sociales producidas en los lindes de la producción en cadena; nietos y bisnietos de la revolución industrial intentando reproducir una vez más “utopías en pos del progreso”.

De alguna forma somos espectadores de nuestra soledad, de la soledad del otro. Reconocer que parte de ella es imaginar-nos en terreno compartido; contradicción inmanente de algunos solipsistas que genera la epísteme de nuestra época.

Las obras artísticas como representación de la realidad social individual y colectiva. Una radiografía de las situaciones cotidianas que ocurren a ritmo del segundero. Y puesta ante la mirada de los espectadores del cineclub, que esperamos que la disfruten como una grata experiencia cinéfila.

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