Quo vadis Europa

28 07 2011

Pablo Inostroza

Equipo Cineclub

El Film Socialismo es una experiencia polifónica, compuesta por uno de los arquitectos del cine a sus ochenta años de edad. A las películas de Godard en general se debe ingresar sin la pretensión de responder a la pregunta postrera “¿entendí o no la película?”, y en ésta, con ese título de obra total, mucho menos. Es imprescindible desistir de esta necesidad del anclaje interpretativo, y los primeros cuadros lo aclaran. Logos, Tékhnos, Textos, Audios, Videos. Lo que el estudio de la cultura llama el intertexto es aquí más que un recurso al modo de una cita, es la geometría de esta helicoidal cadena fílmica.

Cuando finalizó hace pocos años el estudio del genoma humano, una de las principales conclusiones fue que todos los seres humanos sobre esta tierra compartimos el mismo código: genéticamente no existen las razas. Y si pensamos la historia humana como el tiempo habitado sobre el planeta, contemplamos nuestra prescindible condición. La cultura occidental es una porción insignificante en la edad geológica… ¡qué es a los ojos de un observador universal la vida, pasión y muerte del socialismo!

Aún así, Godard, este personaje que empezó a hacer películas como consecuencia de su trabajo como crítico, que rompió con todas las leyes del cine clásico, que llevó el montaje hasta los límites de las posibilidades del cine, armó un viaje imposible a bordo de un crucero de lujo por los lugares menos turísticos del mar mediterráneo (el crisol de occidente) y lo hilvanó con una revolución doméstica en una pequeña familia de la campiña francesa. Los tres capítulos de esta obra repasan la historia del siglo veinte europeo en una antología de la cita filosófica, literaria, musical, audiovisual.

“Uno se mira en la guerra como en un espejo”. A bordo de este crucero viajan criminales judíos, musulmanes diplomáticos, cristianos que reciben su servicio religioso penetrados por la música electrónica de los juegos del casino. Las cámaras de los fotógrafos son como los fusiles de los soldados imperialistas. Patti Smith pasea su guitarra y su siempre andrógina figura por la cubierta de la nave. Argelia, Egipto, el impronunciable nombre de Israel que tras sus portones esconde a Palestina, la anciana Grecia, Nápoles, una Barcelona en castellano. Y aunque no se baña por los mares mediterráneos, el puerto ucraniano de Odessa y sus largas escaleras inmortalizadas por El Acorazado Potemkin, es otro de los destinos de este satélite que naufraga por las humanidades y sus mitos.

En el segundo movimiento, Godard compone el fracaso de la familia, la propiedad privada y el estado. Una estación de servicio que en vez de ser un lugar de paso es una república en construcción, de la misma forma en que el crucero era un zoológico posmoderno a la deriva, una suerte de embarcación extraterrestre y hambrienta. En esta bencinera, los niños se empoderan del lenguaje, de la política, de las armas, como partisanos que toman las riendas en su proyecto de la vida comunitaria, y el tacto y la música resultan mucho más significativos que las peleas o las declaraciones de amor.

El peso de la violencia es el tono del epílogo. “Ni el sol ni la muerte pueden mirarse directamente a los ojos”. Las penas del infierno que promete el FBI a condición de la piratería.

El Film Socialismo recoge imágenes, fragmentos de libros, piezas musicales de heterogéneas proveniencias y las entronca en un solo cuerpo. Cuando Godard decía que no existe la propiedad intelectual no fue una piedra en el aire. ¿Quién puede patentar el socialismo como una película de archivos fragmentarios? Para esto, no hay comentarios…

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