El Fin del Juego, o el retrato del arribismo chileno

27 06 2011

Por Luis Horta

Equipo Cineclub

-“Éstos convierten la vida en un guáter. Lo que es yo, me conformo con comprar números de la lotería; si gano, es por que estoy destinado a tener plata, si no, que le vamos a hacer”

La representación del decadentismo de las clases altas en decadencia es la tesis que plantea “El Fin del Juego”, único largometraje de Luis Cornejo y realizado en 1970, año en que triunfa la Unidad Popular y el cine de corte militante se imponía como forma de apoyo a un sistema socialista que llegaba por vías electorales al gobierno. Cornejo, militante comunista, era quizá el único cineasta que provenía realmente del mundo popular, y su primera película de largometraje –que podría haber sido una muestra mas del panfletario militarismo de muchos cineastas militantes- se concentra en la decadencia de una estirpe en declive, en las clases medias aspiracionales.

Formalmente, “El Fin del Juego” se instala alejado de la corriente experimental del cine de aquellos años que hibridaba elementos del género documental con la puesta en escena del imaginario popular. Antítesis de “Valparaíso mi amor” (1969), “El Chacal de Nahueltoro” (1969) o “Tres tristes tigres” (1968). Su vocación ni siquiera se acerca a estas películas consideradas claves del periodo y realizadas casi de manera simultánea, lo que en parte ha permitido opacar e invisibilizar la obra de un cineasta quizá menos radical, pero igualmente importante en su representación de clase. El ejercicio que hace Cornejo es bastante lúcido: se acerca al subdesarrollo interno de un pueblo tercermundista, donde dos vías de aceptar el capitalismo se instalan como parte del relato. Por una parte, el protagonista –El “sablazo Orrego”- que encarna la vanidad y sumisión en torno al capital económico, un burgués que ha desperdiciado el dinero de su esposa en un viaje por Europa. Acomodado ante esta fortuna, que finalmente pierde, retorna a Chile con el aura de la derrota pero a la vez de la gloria pasada, por supuesto impropia.

Por otra parte está la esposa, que sumida ahora en la degradación (moral, social) se aventura a realizar diversos trabajos que en apariencia la denigran en relación a su alta clase social. Así, pasa de burguesa a proletaria, siendo sujeta del mismo sistema capitalista que ella alimentó otrora. Se convierte en la mano de obra del sistema, ayudándolo y alentándolo.

Cornejo plantea personajes empequeñecidos, enceguecidos por su ánimo del lucro, por revisitar el pasado como náufragos frente a un trozo de madera.  No retrata la miseria física como si lo hacen otros cineastas también militantes comunistas (un ejemplo es “Desnutrición Infantil” de Álvaro Ramírez filmada en 1969), sino que se esfuerza en registrar una decadencia social, el arribismo de clase, la caída tras pontificar al poder económico. Valiéndose de esto es que aparecen los traumas propios del consumo: alcoholismo, robo, pereza, arrogancia. El protagonista humilla a un oscuro barman por su clase social, se emborracha a costa de sus amigos –con quienes posee una relación utilitaria-, engaña a su mujer representada como el sujeto de la abnegación y el pilar de una familia que se quiebra, así como termina humillado peleándose con unos pordioseros en la Estación Central, secuencia brillantemente filmada junto a la animita de Romualdito.

“El Fin del Juego” plantea otra forma de salir a registrar a la calle. Huye de los convencionalismos y se sitúa en un formalismo moderado y una temática ajena a lo que en el periodo eran “los grandes temas”. Presenta así una película mucho mas política que “Compañero Presidente”, filmada tan solo un año después, y que utiliza la retórica del presidente Allende como marco y contexto. Luis Cornejo va mas allá y profundiza en la concepción de clase, pero no en la mirada partidista sino que en el subdesarrollo interior, la decadencia de clase.

Quizá esta lucidez es la que aparece desfasada con su época. “El Fin del Juego” es un título metafórico, pero a la vez desapercibido en nuestra cinematografía que parece querer beber eternamente de Raúl Ruiz o “El Chacal de Nahueltoro”, gentilmente colaborando en perpetuar el olvido a piezas de enorme valentía y audacia como ésta. Con una impecable fotografía de Héctor Ríos realizada en una clave completamente opuesta a sus películas del periodo, pero con actuaciones muchas veces desafortunadas, no hay que esconder que se trata de un film irregular. Sin embargo, sería la última película de Luis Cornejo, quien tras ser expulsado de Chilefilms en 1973 se dedicó a escribir y vender sus libros en la Plaza de Armas de Santiago, con la dignidad de cualquier trabajador orgulloso de sus capacidades y no sujeto a las vanidades. Redescubrir esta película no significa un gesto nostálgico ni la mitificación clásica y banal, sino mas bien la puesta en escena de nuevos actores que complejicen el discurso gastado del cine del periodo, aquel que habla de lo militante en su literalidad olvidando personajes como Luis Cornejo. Y es sobre eso con lo que hay que combatir.

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