Kárhozat

10 06 2011

Por Mariano Xerez
Equipo Cineclub

En un largo plano secuencia nos internamos en el Titanik, un bar repleto de personajes inmóviles, que en un principio nos hacen creer que el tiempo se ha detenido. Son sólo los mínimos movimientos, casi imperceptibles los que nos revelan que Béla Tarr no está filmando una pintura, sino un mundo de condenados que está vedado para quien busca la rapidez y ligereza a la que se ha acostumbrado el ojo de la era de la TV. El movimiento es un bien escaso, tratado con un cuidado extremo, liberado sólo en pequeñas pulsaciones.

“Que adorable multitud. Una fiesta. Baile. Brazos, piernas y caderas trabajando en perfecta harmonía. La forma en que el movimiento habla, vistazos que elevan al danzante sobre sus preocupaciones cotidianas”. Son palabras dichas desde la lejanía de una mesa, mientras el mundo casi estático que Béla Tarr ha dibujado se mueve repentinamente en un lento bien apretado. La belleza del movimiento de los jóvenes contrastan con la fuerza de lo inmóvil o de lo que en la filmografía de Béla Tarr es una constante, la construcción de espacios suspendidos, de personajes congelados, pero de fuertes emociones expresadas en actos que a simple vista parecen ligeros o menores.

El condenado principal es Karrer, un hombre solitario que pasas sus días en el bar, enamorado de una cantante cuyo esposo le impide cortejar. Al involucrar al hombre en un trabajo de contrabando, Karrer pretende poder acercarse al objeto de su deseo, pero es presa finalmente del estado de condenación que le es tan natural.

Kárhozat significa condenación, una palabra que viene del latín condemnatĭonis, de condemnāre. Palabra que evoca la reclusión, un estado de encarcelamiento o de penuria en el que se encuentra nuestro personaje, pero que también incluye una segunda acepción, la desaprobación y el rechazo. Un amor desaprobado y un trabajo cuestionable, son los elementos guías en esta historia de sufrimiento que transcurre en torno a un bar que coincidentemente hace honor a un barco hundido. Karrer está condenado a fallar, todo está condenado a hundirse y los intentos por mantenerse a flote son vanos. Esta no es la historia de una batalla, sino de una lucha cuyo fin ya está pactado, de personajes flotantes como trozos de iceberg que deambulan en el oscuro mar de Béla Tarr, como restos de un naufragio. Nosotros, los espectadores, los miramos a lo lejos y los vemos flaquear poco a poco mientras se internan en las profundas aguas, mientras la soledad, que es la condena final los reclama para sí. Los nombres no son al azar, no creo que sea una coincidencia que la palabra húngara para condenado (elítélt) sea tan parecida a la palabra vida (élet). Bienvenidos sean condenados.

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