Sed de Mar: Cualquiera puede jugar al fútbol (pero no cualquiera puede usar un tampón)
1 05 2010por Guillermo Jarpa
Dentro de un mar de incertidumbres – nótese la referencia marítima – , una cosa queda clara luego de ver “Sed de Mar”: el funcionamiento del tampón. Y no sólo eso: también como ponerse uno – en los casos en que su uso sea justo y necesario. Y si eso no basta, el mediometraje de Bernardo Quesney también enseña, con ciertas aprensiones por cierto, que hacer una película, en el actual contexto de producción y distribución digital, es algo que todos deberían atreverse a hacer. Si tienes imágenes, úsalas. Quizás algo interesante se esconda detrás.
Luego de verla, resulta difícil no tenerle algo de cariño a “Sed de Mar”. Tampoco es sencillo encontrar la razón de por qué sucede eso. Quizás la palabra adecuada sea que es una película “entrañable”. O “sencilla”. O “abrazable”. Acostumbrados a discursos ampulosos, lo que el espectador recibe en su cara a partir de los recorridos de la película, es nada más que un humilde requerimiento: esta es nuestra historia, estas son nuestras conversaciones, acá una pizca de nuestra vida, atravesada por el ojo de una cámara que no se arropa su derecho natural de transformador de la realidad; a partir de esto, observe. Así, sin pretenderlo, se define un fresco sociológico que resulta difícil de encontrar en la escena cinematográfica actual, compungida a resolver sus problemas mediante una estetización del ánimo. “Sed de Mar” se plantea como un interesante ejercicio de antropología visual y cine de ficción independiente, una cruza desde la cual eructa un producto que, sin ser demasiado especial, posee una facilidad peculiar para conectarse con un espectador dispuesto a dejarse llevar por las tribulaciones de una generación.
Si la cámara define un marco desde el cual observamos la realidad – y nos hacemos partícipes de ella – es en los personajes dónde recae el peso del desarrollo narrativo, y porque no decirlo, estético. Aquejados por la pregunta: ¿qué los hace tan interesantes para sacar una película sobre ellos?, se establece la siguiente respuesta: nada. Aspecto que no es negativo, si pensamos que la juventud como momento de representación sociocultural esta tensado por movimientos tales como la aspiración de un futuro sin ansiedades, la búsqueda de una afirmación del “otro”, la ilusión de un momento permanente; en definitiva, un conflicto estructurado a partir de la necesidad imperiosa de hacer entrar “la nada” en “el todo”. Son estos aspectos los que la película expresa con inusitada franqueza, en un intento de poblar la imagen de residuos de una verdad, sostenidos por la idea – al parecer, generacional - de que en lo banal se esconde la posibilidad de lo trascendente; en el momento presente descansa el pasado y el futuro.
En uno de los segmentos de la película, varias personas – resulta difícil hablar de personajes a esta altura del partido – discuten sobre los efectos de las drogas, y cuáles son las potenciales precauciones. En ese momento, uno de ellos, un relativista con ínfulas de comentarista social, realiza una analogía con el fútbol: “cualquiera puede jugar a la pelota, cualquiera la puede patear. Y hay una convención del que es bueno: la convención del gol”. Quizás, sin quererlo, aquel joven crítico de las costumbres entrega luces sobre el sentido político que subyace a la imagen representada: “cualquiera puede hacer una película, cualquiera puede grabar. Y hay una convención del que es bueno… y es relativa”. Sea cual sea la respuesta, es sólo eso: una convención. “Sed de Mar” pone en entredicho esa convención, o mejor aún, la anula en una nebulosa impulsiva de cortes y ráfagas de luz y sombras.
“Sed de Mar” es una película sumamente imperfecta, ingenua a momentos y cuya propuesta audiovisual puede dar paso tanto a la apreciación artística como al juicio descarnado. No obstante, vuelvo a un punto anterior: es una película difícil de odiar, principalmente porque es una película solidaria. En el sentido que se constituye en un mundo privado que abre sus puertas con urgencia. Como si un desconocido te invitara a ver su álbum de fotografías, y al revisar página por página fueras encontrándote con trazos de un pasado que atenta con volver al presente, pero a pedazos. Se valora el atrevimiento de volver a poner los escombros en orden, mediante el ejercicio del montaje, compelido a transformar el tiempo en temporalidad. Y según este planteamiento, el cine se presenta como la posibilidad de encontrar la verdad en el artificio. En otras palabras, “Sed de Mar” es una suerte de gólem, insuflado de vida con orden a mantener la ilusión de que los recuerdos son la posibilidad de una verdad. Una tarea…”linda”; por decir algo.





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